Viernes, 25 de agosto de 2017

Hola, Quico.

Hacía unas cuantas semanas que no sabía nada de ti, a pesar de la poca distancia que separa los lugares donde vivimos,  hasta que ayer, de buena mañana, sonó mi teléfono para ponerme al corriente de una inesperada y triste noticia. Me costó entenderlo y mucho más me ha costado admitir que era cierto y asimilar esa realidad. Pero no hay vuelta atrás y ahora ya sé que nos has dejado, que te has marchado a ese lugar desconocido para nosotros, aunque intuyo, o mejor dicho sé con  absoluta  certeza, que sigues estando muy cerca; cerca de tu esposa Rosi, cerca de tus tres hijos, Guillen, Meritxell y Francesc, cerca de tus amigos y de todos los que te queríamos.

Todavía están presentes en mi memoria  las últimas veces que tuvimos la oportunidad de estar juntos en las que pudimos reír y  conversar de muchas cosas; de lo bien que habías asimilado y lo a gusto que te encontrabas en tu nueva condición de prejubilado, de tus avances en ese deporte desesperante que se llama golf, del tiempo que, ahora sí, disponías para hacer las cosas que te gustaba hacer y que antes no podías por falta de tiempo, de la mala suerte que te había deparado el destino con una enfermedad tan preocupante, pero también de lo satisfecho y contento que estabas con la evolución positiva de la misma. Lo cierto es que, la última vez que estuvimos juntos, lucias un aspecto físico excelente y un estado de ánimo  envidiable. Por los años que hemos pasados juntos, sé de la alta aprensión que tenías a cualquier enfermedad y por tu forma de explicarme todo el proceso de ella, estaba convencido, como tú mismo, de tu total recuperación, de que la habías superado. Pero una cosa era lo que tú sentías o yo pudiera o quisiera creer y otra, muy distinta, lo que el destino nos tiene reservado a cada uno de nosotros. Por lo visto, para ti, ese fatal destino había decidido ya que el final del camino de tu vida, aquí con todos, estaba muy cercano, sin que ninguno de nosotros pudiera ni siquiera  llegar a intuirlo.

Me vienen a la mente los recuerdos de las diferencias de criterio que tuvimos en los primeros momentos de nuestro contacto laboral pero tú sabes que lo supimos resolver muy positivamente, poniendo buena voluntad, transigencia y comprensión por ambas partes, de tal manera que conseguimos una complicidad que nos permitió poder “aguantarnos” durante unos cuantos años. Para mí, y tú lo sabes, no solamente eras “el Jefe”, sino que había algo más que sobrepasaba lo estrictamente profesional; éramos, creo yo, unos buenos amigos, dentro y fuera del trabajo. También recuerdo como, haciendo uso de esa complicidad y confianza, que circulaba en ambas direcciones, me hiciste conocedor de muchas de tus inquietudes y es por ello que sé que hiciste todo, que te esforzaste al máximo, hasta más allá de lo posible, por tu esposa y por tus hijos. Desde aquí, permíteme que se lo haga saber, aunque estoy seguro que son plenamente conscientes de ello. Igualmente sé, porque así lo he compartido contigo a lo largo de los años que hemos convivido profesionalmente, que tu alta responsabilidad en el desempeño de tu trabajo  te proporcionó muchas satisfacciones, pero también sé que pasaste muchos días de grandes preocupaciones y muchas largas noches sin poder conciliar el sueño debido a que no eras capaz de desconectarte de las vicisitudes laborales. Estoy cada vez más convencido, de que esos sinsabores afectaron, de alguna manera, a tu salud.

Siento, de veras, que hayas podido disfrutar tan escaso tiempo de esa anhelada y merecida prejubilación que tantas veces había sido tema de comentario entre nosotros. Creo que no es justo. Creo, también, que no eras, en absoluto, merecedor de un final en tu vida tan inesperado.

No hace falta que te diga nada más porque sabes sobradamente todo lo que pienso.

Al comienzo de estas breves líneas habrás leído la frase donde dice …los lugares donde vivimos…, y cuando te digo, vivimos, no es un lapsus ni un error en la conjugación del tiempo del verbo, simplemente creo que para los que hemos tenido el placer de disfrutar de tu compañía y tu amistad, no te has ido, estás aquí, vivo en nuestros corazones para siempre, porque tú te has ganado lo que para nosotros es un gran honor; que podamos recordarte eternamente como lo que fuiste en todo momento de tu vida: un buen compañero, un buen amigo, una buena persona.

Hasta siempre  Quico.

J. Tecles


Tags: Tecles

Publicado por jotatese @ 16:57  | Mis art?culos/relatos
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S?bado, 19 de agosto de 2017

   Las malas noticias se suceden y se precipitan como un auténtico aluvión, a una rapidez endiablada, y los medios de comunicación aprovechan para bombardearnos con sus comentarios e imágenes de los hechos. En general, todos pretendemos estar informados para poder opinar después de esos mismos acontecimientos que  se han ido sucediendo a lo largo de estos últimos tiempos, tan convulsos, que nos ha tocado vivir: Barcelona, Cambrils, Madrid; Gran Bretaña, Francia, Australia, Bélgica, Dinamarca, EE.UU., Irak, Afganistán, Pakistán, … y otros muchos que han formado parte  de una larga lista como objetivo de los grupos terroristas del Yihad.

   En mi caso, ha llegado un momento en que, aunque mi mente todavía podría admitir y almacenar más información,  mi corazón me ha comunicado que se encuentra en estado de shock, desbordado, saturado de tal manera que se niega a que estas noticas se limiten  a ser computadas en mi cerebro solamente como una serie de fríos datos, números y estadísticas.

   Mi corazón ha dicho basta: me pide que llore con él; me reclama que dé rienda suelta a los sentimientos que durante todo este tiempo se han ido acumulando en mi interior. Me exige que vacíe los archivos donde guardo la información de todos esos sucesos irracionales, crueles, salvajes, violentos, atroces, (no encuentro una única palabra que lo adjetive) producidos por unos seres descerebrados y fanáticos, influenciados por una mal entendida “religión” que les promete (así lo creen y lo esperan ellos) que, después de la muerte terrenal, en un paraíso del más allá, serán premiados con una vida eterna, placentera y feliz.

   Mi corazón clama para que, ahora, me detenga y consuma unos instantes de mi vida para acompañarlo en sus sollozos. Me pide que exteriorice lo que interiormente ha venido haciendo él cada vez que ha tenido conocimiento de cualquier hecho luctuoso de esta índole: Le digo que sí, que tiene razón, e inmediatamente, sin poderlo evitar, una sacudida estremece mi cuerpo desplazándose desde las vísceras hasta acabar en un angustioso nudo que me oprime la garganta hasta  bloquearme la respiración. Al mismo tiempo abre las espitas de mis ojos  para que de ellos comiencen a surgir lágrimas tibias  de tristeza e impotencia que se deslizan lentamente por mis mejillas hasta que desaparecen (o se ocultan; puede ser que para esconder la vergüenza ajena) bajo el vello de mi barba; gotas de pena con sabor a sal y de mucha rabia contenida; chispas húmedas de la sinrazón de unos pocos individuos (me pregunto si se pueden catalogar como humanos) que no han sabido entender en ningún momento, creo yo, cual era el cometido en su paso por este planeta.

   De “ellos” y de sus actos me avergüenzo; de mostrar mis sentimientos con lágrimas sinceras… no.


Tags: atentado Barcelona, atentado Cambrils, Juan Tecles

Publicado por jotatese @ 19:23  | Mis art?culos/relatos
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Martes, 01 de agosto de 2017

Vale la pena leerlo. Es la pura realidad. ¡Ojalá hubiera muchos personajes como Emilio el Perroflauta.

CINCUENTA COCHINOS EUROS

31 Jul 2017

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ARTURO PÉREZ-REVERTE

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Patente de corso

 

Emilio es todo un personaje. Acaba de cumplir 67 tacos y lleva varios de jubilata. Me toca de refilón por vínculos familiares y lo conozco desde hace mucho. Es un fulano de inteligencia extraordinaria, con una formación intelectual que ya quisieran para sí muchos econopijos pasados por Harvard, o por donde pasen. Y además, de izquierdas como ha sido siempre –de izquierdas culto, que no es lo mismo que de izquierdas a secas, y más en España–, posee una formación dialéctica marxista impecable. En su día, paradojas de la vida, fue uno de los más eficaces comerciales de una multinacional donde ganaba una pasta horrorosa, pero currar con traje y corbata nunca le gustó. Así que se jubiló de forma anticipada, para vivir de una modesta pensión. No necesita más. Lee cinco periódicos diarios, oye la radio, fuma, se toma su café en el bar y pasa de todo. No creo que para la vida que lleva necesite más de trescientos euros al mes. A veces pienso que habría sido un mendigo de los que ni siquiera mendigan, perfecto y feliz, con su cartón de Don Simón y sus colegas. Por eso, en plan cariñoso, lo llamo Emilio el Perroflauta.

Como pasa de todo, Emilio es un desastre. Va sin dinero en el bolsillo, entre otras cosas porque odia los bancos –siempre se negó a tener tarjetas de crédito– y cree que el mejor rescate para un banco es un cartucho de dinamita. Sus hermanas son quienes le vigilan la modesta cuenta corriente, hacen los pagos de agua y luz y le entregan el poco dinero de bolsillo que necesita. Pero, el otro día, se vio sin sonante. Pasaba cerca del banco, así que entró a pedir cincuenta euros de su cuenta. Había una cola enorme ante la ventanilla –todos los empleados tomando café menos una joven cajera– y aguardó con paciencia franciscana. Llegado ante la joven pidió cincuenta euros, y ella respondió que para cantidades menores de 600 euros tenía que salir afuera, al cajero automático. «No tengo tarjeta», respondió Emilio. «Te haremos una», dijo ella. «No quiero tarjetas vuestras ni de nadie», opuso él. La joven lo miraba con ojos obtusos. «Te la hacemos sin problemas». Acodado en la ventanilla, Emilio la miró fijamente. «Te he dicho que no quiero una tarjeta. Lo que quiero son cincuenta euros de mi cuenta». La chica dijo: «No puedo hacer eso». Y Emilio: «¿No puedes darme cincuenta euros de mi cuenta porque no tengo tarjeta?… Que salga tu jefe».

Salió el jefe. «¿En qué puedo ayudarte?», dijo. Era un jefe de sucursal joven, estilo buen rollito. «Puedes ayudarme dándome cincuenta euros de mi dinero», respondió Emilio. «Tienes que comprender las normas –razonó el otro–. La tarjeta es un instrumento muy práctico para el cliente». Emilio miró atrás, como buscando a quién se dirigía el otro: «¿Me hablas a mí? –respondió al fin–. Porque, mira, soy viejo pero no soy gilipollas». El director tragaba saliva, insistiendo en que el interés del público, la comodidad, etcétera. «¿La comodidad de quién? –inquiría Emilio–. ¿La vuestra?». El otro siguió en lo suyo: «Te hacemos una tarjeta ahora mismo, sin comisiones». Pero ya he dicho que la formación marxista de Emilio es perfecta; así que, tras cinco minutos de argumentación metódica –el otro, abrumado, no sabía dónde meterse–, acabó así: «Además, eres tonto del haba. Porque el dinero, aunque sea poco, es mío y seguirá aquí. Pero con tanta tarjeta, tanta automatización y tanta mierda, al final quien sobrarás serás tú –señaló a la cajera– y todos estos desgraciados, porque os sustituirán las putas máquinas».

A esas alturas, la cola ante la caja era kilométrica; y la gente, la cajera y el director escuchaban acojonados. Emilio dirigió a éste una mirada con reflejos de guillotina que lo hizo estremecerse. Entonces el director tragó saliva y se volvió a la cajera. «Dale sus cincuenta euros», balbució. Y en ese momento, Emilio el Perroflauta, erguido en su magnífica e insobornable gloria, miró con desprecio al pringado y le soltó: «¿Pues sabes qué te digo?… Que ahora tu banco, tú, la cajera y los empleados que tienes a estas horas tomando café podéis meteros esos cincuenta cochinos euros en el culo. Ya volveré otro día». Tras lo cual se fue hacia la puerta con paso firme y digno. Y al pasar junto a la gente que esperaba en la cola, sumisa –nadie había despegado los labios durante el incidente–, los miró con altivez de hombre libre y casi escupió: «¿Estáis ahí, callados y tragando como ovejas?… Si esta cola fuera en la Seguridad Social, ya la habríais quemado». Y después, muy tranquilo, fue a tomarse un carajillo a un bar donde le fiaban.

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Publicado el 30 de julio de 2017 en XL Semanal.

 


Tags: Arturo Perez Rverte

Publicado por jotatese @ 17:03  | Art?culos Varios
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