Martes, 22 de octubre de 2019

Sinopsis 

   El que fuera principal sospechoso de la muerte del propietario de uno de los mayores e influyentes grupos empresariales del país, al día siguiente de conseguir su libertad bajo fianza, es hallado sin vida en su apartamento, aparentemente por suicidio. Esa  drástica decisión no encaja en la lógica profesional del subinspector Jerez, principal responsable del acopio de pruebas en el ámbito de la investigación del caso y un sinfín de sospechas y recelos comienzan a crearle dudas sobre la posibilidad de que alguien haya podido intervenir en su muerte. Con esta convicción comienza una nueva investigación mediante la cual descubre que las pruebas conseguidas por él, clave para imputar al secretario, podían haber sido una manipulación interesada, probablemente, por la misma persona que ha simulado un suicidio para asesinarlo.  Estos problemas de conciencia y de culpabilidad, en un intento de mitigar su error, le llevan a reabrir el caso confiando poder demostrar que sus sospechas son ciertas y con ello, al menos, evitar que la imagen del secretario quede en el recuerdo como un asesino suicida.

   Paralelamente a estas investigaciones el subinspector Jerez está empeñado en desenmascarar y detener a los responsables de una organización mafiosa que se dedica al tráfico de drogas y al reclutamiento de jóvenes mujeres africanas que, bajo la promesa de un  trabajo, son enviadas en cayucos desde Senegal y Gambia hacia las costas gaditanas, desde donde son distribuidas a clubs de alterne para obligarlas a ejercer la prostitución. Para ello cuenta con la cooperación de la policía senegalesa y la ayuda inestimable de un grupo de valientes mujeres que, tras conseguir escapar de las garras de esta mafia, han organizado una red que se extiende a través de numerosos países del África Occidental para luchar e impedir que ese tipo de envíos se lleven a cabo. La visita a Barcelona de una de ellas, Asali Akanke, a quien el subinspector conoció en Dakar, reaviva la mutua atracción que surgió entre ellos dejando al descubierto los miedos,  frustraciones y sufrimientos acumulados por los años que le tocó vivir en el prostíbulo hasta que consiguió huir de él, pero quedando presa de sus propios recuerdos.

Reseña abreviada

Un relato apasionante que transita entre errores policiales y los recuerdos inmisericordes de un pasado tortuoso.

Páginas: 320

ISBN: 9788417952280 

Depósito legal: SE-1532-2019

Peso: 400 grs.

PVP Papel: 17.00 € (Gastos de envío incluidos)

PVP eBook: 5 € (solo a través de plataformas literarias)

Forma de pago: Transferencia bancaria CaixaBank: ES14 2100 2001 4102 0001 1885

Contacto: e-mail:  [email protected]

Telef.:   +34 654373914

También se pueden conseguir por internet en:

Amazon, La Casa del LibroEl Corte InglésKoboGoogle Play, Libros.cc

Biografia del autor:

Juan Tecles (Caudete, Octubre de 1950). Desde muy joven alterna sus estudios con el trabajo en los veranos de los años 60 de Lloret de Mar, donde decide establecerse definitivamente.

Obtiene la Diplomatura en Turismo (TAET – Técnico en Actividades y Empresas Turísticas), ejerciendo la profesión en diversas empresas del sector, hasta que decide dar un cambio a su vida laboral incorporándose a la banca.

Eminentemente autodidacta, consume su tiempo libre alternando el deporte, el bricolaje doméstico, el dibujo y la pintura.


Tags: Oxímoron, Juan Tecles, Novela negra

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El pasado Viernes tuvo lugar la presentación de la novela "OXÍMORON", continuación de la anterior, "LAS HUELLAS DE LA CARCOMA",en la Sala de Actos del Ayuntamiento de Lloret de Mar. 

Desafortunadamente, esta fecha que estaba confirmada con muchos días de antelación, coincidió con la convocatoria de huelga general y de manifestaciones programadas a la misma hora que este acto. A pesar de ello, gracias a la asistencia de un buen número de personas, esta presentación se pudo llevar a a cabo exitosamente.

Desde aquí quiero expresar a todos ellos mi agradecimiento por su presencia y apoyo en un momento tan especial e importante para mí.


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Jueves, 21 de junio de 2018

Relato ganador en el XXII Certamen Literario Evaristo Bañón

Modalidad: Narrativa

Autor: Juan Tecles Sánchez

Título: UN DÍA EN BENARÉS (VARANASI)

 

   Son las seis de la mañana y el despertador biológico —no dispongo, ni falta que me hace, de un aparato convencional que me diga a la hora que tengo que ponerme en  modo on— me alerta de que ha llegado el momento de  interrumpir el descanso y conectarnos con el mundo de los activos para comenzar una nueva jornada que nos llevará a descubrir, y seguramente gozar, de una ciudad hasta ahora desconocida para nosotros.

   Estamos disfrutando de unos días de holganza —que al final del periplo resultarían ser mas duros y estresantes que los habituales del trabajo cotidiano— en una ciudad  emblemática, sobre todo para el  mundo que abraza la religión hinduista, donde la tradición dice que el dios Shiva echó los restos en los momentos de su fundación.  Esa ciudad no es otra que Benarés —Varanasi, en la lengua hindi—, donde se rezuma espiritualidad por doquier, repleta de innumerables templos centenarios y poblada por una gran diversidad de gentes variopintas, tanto por sus vestimentas como por su aspecto físico, que le otorgan unas características propias e incomparables a cualquier otro lugar de los que ya hemos visitado y conocido hasta ahora en nuestro viaje.

   El Sanctasanctórum, el epicentro donde se manifiesta en todo su esplendor esa multiplicidad de peculiaridades, de rasgos distintivos que la hacen única, se localiza en las orillas del río sagrado que le da la vida: el Ganges, jalonado en su ribera por un centenar de ghats cuyas escalinatas dan acceso a las zonas dedicadas a las abluciones, en las que los fieles persiguen purificar sus pecados, y a las plataformas crematorias, donde los vivos incineran a los traspasados en una representación fantasmagórica del último acto del teatro de sus vidas terrenales.

   De un salto abandono el lecho que me ha permitido un descanso merecido después del ajetreado día de ayer y una vez acicalado convenientemente,  junto a mi buen compañero de viajes y mi inseparable mochila, nos dirigimos al lugar en el que previamente habíamos concertado con un guía local. Caminamos por la todavía despejada ciudad, bajo una luminosidad incipiente,   hasta llegar al lugar acordado y allí estaba esperándonos haciendo gala de una puntualidad exquisita ­­—supongo que fruto de secuelas reminiscentes del colonialismo británico—, sentado  sobre la borda de una pequeña embarcación de madera sin ningún motor que pudiera perturbar la paz que se respira a la orilla de un río calmado donde sus aguas parecen sufrir un alto grado de contaminación pero que, sin embargo, a los propios usuarios les parece, además de sagrado, puro.

   Cuando me acerco a la silueta recortada que se atisba en la penumbra del amanecer  descubro a una persona distinta a la que habíamos contratado el paseo el día anterior. Es un muchacho joven, de color aceitunado, escaso en estatura, delgado pero fibroso, con el pelo negro azabache, lacio y brillante, acabado en un flequillo sobre la frente; cejijunto y de ojos más oscuros, si cabe, que su cabello. Su penetrante mirada, precursora de un gesto de su mano, nos invita a subir sobre lo que según mi criterio aparenta ser un inseguro bote. Sin mediar más palabras que las justas de los saludos de cortesía, nos encaramamos sobre la inestable pieza de museo, que a pesar de ello, flota, y a fuerza de remadas tranquilas, pausadas, pero rítmicas y constantes, el barbilampiño barquero va accediendo hacia el interior del río donde podemos apreciar una cantidad ingente de  desechos de todo tipo que se desplazan rápidamente por su superficie; incluidos los hinchados cadáveres de las vacas, que por su condición de sagradas son echadas al río después de su muerte. No tuvimos la oportunidad, y me alegro de ello, de ver como flotan también libremente en este río sagrado los cuerpos sin vida de niños recién nacidos, de mujeres embarazadas, de leprosos, o cualquiera que muera como consecuencia de una mordedura de cobra. Todos ellos están exentos de pasar por el proceso de la incineración y autorizados a que sean lanzados directamente a las aguas del río, amarrados a un lastre que los hunda en el fondo, aunque es  bastante habitual que salgan a flote y recorran la orilla con toda naturalidad mientras que los fieles practican la purificación de sus cuerpos y sus almas.

   Nos deslizamos a favor de la corriente acompañados solamente por el leve chapoteo que origina el contacto de los remos sobre la superficie del agua,  cuando ya el sol comienza a desperezarse en el marco de un horizonte multicolor, obsequiándonos  con sus primeros rayos de vida que dan inicio a  un nuevo amanecer. Mientras tanto, como un singular hormiguero, miles de creyentes se mueven por todas partes, oran o cantan, entran y salen de las orillas del río sagrado por excelencia, donde unos creyentes intentan purificar sus culpas y otros, los que ya han finiquitado su paso por la vida, pretenden beneficiarse de la generosidad de los dioses aligerando su propio ciclo de reencarnaciones.

   Todo este ritual, cotidiano para ellos, convertido para los visitantes como nosotros en un espectáculo entre místico e intemporal, me incita a tomar la cámara y plasmar en ella lo que para mí ya está en los archivos de mi memoria. Justo en ese instante el guía, agarrado a los remos que no deja de mover, me dirige una mirada reprobatoria y entonces recuerdo lo que nos advirtieron ayer, en un castellano de infinitivos, cuando concretamos este recorrido: «Tú no poder usar cámara de fotos cuando ir en barca. Si alguien ver que fotografiar, ellos enfadar mucho, quitar cámara y romper en suelo con pie». A pesar de ello, la ocasión es muy especial y me atrevo a pedirle, con una mirada de súplica, que haga la vista gorda, y mientras él gira la cabeza hacia el otro lado resignado y confiando conseguir una suculenta propina por su negligente actitud, yo aprovecho para tomar unas interesantes instantáneas que ocuparán, sin duda, un lugar preponderante en el álbum del viaje. Envueltos por un continuo murmullo de respetuoso silencio seguimos disfrutando de la belleza de un inmenso y explosivo mosaico de colores en movimiento que, como una marabunta humana, cubre las escalinatas de toda la orilla y cuyo origen está en la diversidad de vivas y vistosas tonalidades en las sedas  de sus indumentarias  —los Saris para las mujeres y los Dhotis para los hombres— y en el conjunto de los tornasolados edificios que,  como un gran telón de fondo, enmarcan el maravilloso espectáculo. Continuamos navegando con calma río abajo, aproximadamente durante una corta hora,   acompañados de unas cuantas embarcaciones con turistas como nosotros y escoltados por otras que cumplen la función de tiendas flotantes en las cuales te puedes abastecer de algún que otro recuerdo y, el barquero, con la misma suavidad con la que comenzamos el viaje, busca la orilla y se arrima a un rústico embarcadero donde echamos pie a tierra para dar por finalizado el enriquecedor recorrido.

   Despedimos a nuestro acompañante y nos dedicamos a consumir las siguientes horas visitando templos solemnes y vagando por una ciudad repleta de gentes activas que pululan por sus calles; grupos en procesión camino de un ghat  que canturrean oraciones mientras transportan las parihuelas en las que yace el cadáver de un familiar; niños que juegan y quedan boquiabiertos cuando escuchan sus propias voces y risas en la reproducción de una grabación que les registramos previamente; un tráfico rodado donde  coches, autobuses, motos,  rickshaw o tuk-tuk, bicicletas o cualquier otro medio de transporte, siempre super ocupados, a velocidades endiabladas y con un fondo musical de miles de bocinas que suenan por doquier, configurando un entramado circulatorio que, para nosotros, occidentales, podríamos considerarlo como caótico pero que los oriundos tienen totalmente asumido y controlado. Y entre toda esta anarquía urbana: las omnipresentes vacas, cuyo rol de sagradas les otorga el beneplácito del respeto y la veneración de todos, permitiéndoles, además, deambular entre el gentío y el tráfico sin ningún impedimento ni cortapisa. Si una vaca se para en medio de la calle; el tráfico se detiene hasta que el venerado animal decida reanudar la marcha. Si se tumba en medio de la acera; los peatones la rodean y siguen su camino sin molestarla.

   Llegado el momento, cansados de patear la ciudad y de soportar el agobiante calor, nuestros estómagos nos hacen saber que es la hora de reponer fuerzas y  para hacer realidad esa súplica vital decidimos comer algo en un típico puesto callejero de los muchos que hay repartidos a lo largo y ancho del país.  Nos decidimos por dos Samosas y dos Pakoras para cada uno de nuestros estómagos famélicos, servidas en sendas hojas de platanero; muy picantes,  pero riquísimas.

   Ya entrada la tarde, mientras observamos plácidamente como el sol da carpetazo a la luminosidad del sofocante día mientras se esconde tras un purpúreo horizonte, apoyados sobre una baranda con vistas al sempiterno río y a las múltiples  ghats, con sus hogueras-crematorios en plena actividad, se nos acerca un benefactor del turista descarriado y nos ofrece —cosa inhabitual e impensable para un viajero— la posibilidad de bajar hasta uno de ellos donde poder vivir de cerca la sagrada ceremonia de la cremación de un cadáver. Nuestro asombro y escepticismo ante la propuesta, en principio, nos hace tomar el ofrecimiento  como una broma pero el nuevo guía nos asegura que la proposición va en serio, lo cual hace que nuestra sorpresa inicial se torne en una oportunidad ilusionante y única. Negociamos con él la cantidad que nos va a costar este privilegio y tras llegar a un acuerdo emprendemos el camino escalones abajo. La noche ya está presente. Mientras nos desplazamos con cierta reticencia y cargados de mucho respeto, saltando sobre siluetas recortadas en las sombras  de cuerpos inertes envueltos por telas blancas con apariencia de momias que esperan su turno para ser incinerados en presencia de quienes fueron sus seres queridos, las aguas oscuras y tranquilas del Río Sagrado reflejan el fuego trémulo  de las hogueras permitiendo que mis ojos sean testigo de una postal única e impresionante que he retenido para siempre en los registros de mi memoria —en esta ocasión, por razones obvias, aunque me habría gustado, no me atreví a desenfundar la cámara fotográfica—. Seguimos superando escalones a la estela del casual cicerone, intentando salvar los obstáculos inanimados que los ocupan, hasta que llegamos a la plataforma donde se está procediendo al ritual de la cremación. Si antes, según descendíamos por la escalinata, el hedor en el ambiente de la carne quemada agredía el sentido quisquilloso de mi olfato occidental, ahora, justo al lado de la pira, la sensación es insufrible; inconveniente que no parece importar a ninguno de los que comparten la liturgia mientras giran y salmodian alrededor de la crepitante y fantasmagórica silueta de la falla humana sin que, aparentemente, les afecte en lo más mínimo. Me hago una reflexión: «seguramente es una cuestión de costumbres».

   Desde aquí, junto al cadáver que se está quemando, quien con este último acto consuma su paso por esta vida terrenal en cumplimiento de lo que son sus propias creencias, observo a mi alrededor como unos niños, portadores de sendas latas de hojalata con un alambre como asidero, recorren los restos de las piras que ya han acabado con el sacro proceso, a la espera de un próximo cliente, para llenarlos con las ascuas que todavía persisten en su ignición y que sus padres utilizarán más tarde como preciado combustible gratuito en los fogones de sus hogares. En las inmediaciones, un perro famélico merodea el lugar, quién sabe con qué intencionalidad, y es entonces cuando decidimos que el momento de dar por finalizada la experiencia ha llegado. Le hago una indicación a nuestro valedor en este tétrico acto y comenzamos a desandar las empinadas escaleras hasta ganar la calle. Pago con gusto y en demasía la deuda contraída por los servicios prestados, porque la experiencia vivida lo ha valido con creces,  y con las expectativas del día más que cumplidas regresamos a nuestro humilde hotel mientras nuestras pituitarias no dejan de recordarnos durante el trayecto el espectáculo que acabamos de presenciar. Una sensación que persistiría hasta varios días después y que todavía sigo experimentando cada vez que el recuerdo de esta secuencia inolvidable del viaje vuelve a mi memoria.


Tags: XXII Certamen E. Bañón, Certamen Caudete

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S?bado, 28 de abril de 2018

Dibujos a plumilla y tinta china.

Don Quijote

La torre-Sta. Catalina-Caudete

Taull-LLeida

Taull2-Lleida

Sta. Catalina-Caudete

St. Romà-Lloret de Mar

Príncipe Felipe

Plaza de toros-Caudete

Vall d'Aran

Iglesia-Almenar

Ibiza

Esquimal

Composición

Calle Valencia-Ibiza

Calle de la Virgen-Ibiza


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Viernes, 27 de abril de 2018

XXII CERTAMEN LITERARIO EVARISTO BAÑÓN 2018

Fuente: EL BLOG DE JOAQUIN MEDINA

http://elblogdejoaquinmedina.blogspot.com.es

 

miércoles, 25 de abril de 2018

La pasada semana se entregaron los premios del "XXII Certamen de poesía Evaristo Bañón", el mejor y más prolífico poeta que ha dado Caudete. Valentin García y Juan Tecles Sánchez Premios Especiales.

 

Los galardonados en el XXII Certamen Literario “Evaristo Bañón” 2018 han sido: 

  

CATEGORÍA ESPECIAL: A partir de 16 años 

 Categoría Especial Narrativa: "Un día en Benarés" de Juan Tecles Sánchez

Categoría Especial Poesía: "La penúltima estación", de Valentín García Valledor.

  

CATEGORÍA A: Alumnos/as de 1º y 2º de Primaria con edades comprendidas entre los 6 y 7 años aproximadamente.

1º Premio Narrativa: "La primera de la clase", de Estefanía Hernández R. 

2º Premio Narrativa: "El lagarto sin amigos," de Mar Lozano López

Premio Poesía: "Las flores", de Lucia Palmí Villaescusa.

 

CATEGORÍA B: Alumnos/as de 3º y 4º de Primaria con edades comprendidas entre los 8 y 9 años aproximadamente.

1º Premio Narrativa: “Mil historias para recordar” de Ángel Torres Ayuso

2º Premio Narrativa: “Mundo fantástico” de Esther Briones Núñez

1º Premio Poesía: “Respeta el medio ambiente” de José Antonio Sánchez Martínez.

 

CATEGORÍA C: Alumnos/as de 5º y 6º de Primaria con edades comprendidas entre los 10 y 11 años aproximadamente.

1º Premio Narrativa: "La historia de un pequeño hámster", de Bárbara Calero Paramonova.

2º Premio Narrativa: "Destino Marte", de Óscar Marco Albertos. 

Premio Poesía: E"l castillo de papel", de Patricia Sánchez Verdú

 

CATEGORÍA D: Alumnos/as de 1º y 2º de E.S.O. con edades comprendidas entre los 12 y 13 años aproximadamente.

1º Premio Narrativa: "La llorona", de Ana Esteve Torres

2 º Premio Narrativa: "Una carta sin destinatario", de Inés Lillo Manchón

Premio Poesía: "Mi Mundo", de Ángel Carrión Serrano 

 

CATEGORÍA E: Alumnos/as de 3º y 4º de E.S.O. con edades comprendidas entre los 14 y 15 años aproximadamente.

1º Premio Narrativa: “Invisibles” de Carla López de Zamora Pagán

2º Premio Narrativa: “Una prodigiosa invención” de Fco Javier López Villanueva.

Premio Poesía: “Dícese” de Carlos Díaz Calatayud

 

CATEGORÍA CLASE

Premio Categoría Clase: "Una pizca de maldad", de 6ºA del Colegio Público Álcazar y Serrano

 

 

 

 



Tags: Juan Tecles, Premio narrativa

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Jueves, 26 de octubre de 2017

GRACIAS

Después de la tempestad viene la calma, y con ella, sumada a la tranquilidad de la vuelta al hogar y el transcurso de unos pocos días, me ha posibilitado analizar y valorar los últimos acontecimientos acaecidos alrededor de la presentación de mis dos libros en el pueblo que me vio nacer.

Desde aquí quiero agradecer al M.I. Ayuntamiento, en las personas de sus representantes: Moisés López, Alcalde de Caudete; Luis Felipe Bañón, Concejal de Cultura; y María José Moreno, Directora de la Biblioteca, todas las facilidades y ayudas que me han proporcionado a lo largo de todos los días que hemos estado en contacto para hacer realidad el momento de la presentación. Sin olvidarme de la sorpresa e ilusión que me causó cuando al final del acto, el señor Alcalde me hizo entrega de una reproducción de la emblemática “Cierva de Caudete”, en reconocimiento a la presentación de mis dos libros, de lo cual, como buen Caudetano, y sin ánimo de pecar de inmodestia, me siento enormemente halagado y orgulloso.

Tengo que agradecer también, de una forma muy especial, a mi primo Miguel Llorens Tecles, en primer lugar, la predisposición que tuvo desde el primer momento en que le  sugerí su participación en el acto y, en segundo lugar, la exposición que hizo ante los asistentes de una resumida, amena y simpática biografía sobre mi persona… Gracias , Miguel.

Y, por supuesto, agradecer la compañía y el apoyo a todos los que llenaron con su presencia el Museo de Rafael Requena en ese momento tan importante en que presentaba ante mis paisanos el resultado de un arduo trabajo materializado en dos libros: “Diario de viaje – ÁFRICA” y “Las huellas de la Carcoma”.

Recordando unas palabras de la intervención del señor Alcalde en las que me animaba y emplazaba a volver a la misma sala con el mismo objetivo de una nueva presentación, tengo que decir que no caerá en saco roto y, si las críticas de los lectores son benevolentes y favorables, no prometo nada… pero puede que reincida.

 

 




Tags: Juan Tecles, Las huellas de la carcoma, Diario de viaje-ÁFRICA, Caudete

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Martes, 17 de octubre de 2017

                                    

PRESENTACIÓN LITERARIA DE DIARIO DE VIAJE-ÁFRICA (SENEGAL-GAMBIA-GUINEA BISSAU) Y LAS HUELLAS DE LA CARCOMA

El próximo jueves 19 de octubre a las 20:00 horas, en el Museo de la Acuarela "Rafael Requena", con entrada libre, tendrá lugar la presentación de los libros de Juan Tecles Sánchez, un libro de relatos titulado Diario de viaje-ÁFRICA (Senegal-Gambia-Guinea Bissau), y su primera novela, Las huellas de la carcoma. 

Desde la Concejalía de Cultura del M.I. Ayuntamiento de Caudete, a través de la Biblioteca Pública Municipal “Ana María Matute”,  se promocionan los encuentros con autores locales y la lectura. Por ello comenzamos un nuevo curso, con esta doble presentación literaria.

Juan Tecles Sánchez, (Caudete, Octubre de 1950), desde muy joven alterna sus estudios con el trabajo en los veranos de los años 60 de Lloret de Mar, donde decide establecerse definitivamente. Obtiene la Diplomatura en Turismo (TAET – Técnico en Actividades y Empresas Turísticas), ejerciendo la profesión en diversas empresas del sector, hasta que decide dar un cambio a su vida laboral incorporándose a la banca. Eminentemente autodidacta, consume su tiempo libre alternando el deporte, el bricolaje doméstico, el dibujo y la pintura.

Su primer relato: Diario de viaje-ÁFRICA (Senegal-Gambia-Guinea Bissau), es el fruto de unas vacaciones diferentes en el continente vecino en compañía de unos amigos, y con su primera novela: Las huellas de la carcomahace realidad un reto personal. Ambos libros han sido publicados por la editorial Punto Rojo Libros.

Presentando al autor durante el acto, contaremos con la presencia de Miguel Llorens. Tras la presentación del libro, se procederá a la firma de ejemplares por parte de Juan Tecles Sánchez, los cuales  se podrán adquirir en el mismo acto.

Invitamos a todo el público de Caudete,  a asistir a este encuentro literario.


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Viernes, 25 de agosto de 2017

Hola, Quico.

Hacía unas cuantas semanas que no sabía nada de ti, a pesar de la poca distancia que separa los lugares donde vivimos,  hasta que ayer, de buena mañana, sonó mi teléfono para ponerme al corriente de una inesperada y triste noticia. Me costó entenderlo y mucho más me ha costado admitir que era cierto y asimilar esa realidad. Pero no hay vuelta atrás y ahora ya sé que nos has dejado, que te has marchado a ese lugar desconocido para nosotros, aunque intuyo, o mejor dicho sé con  absoluta  certeza, que sigues estando muy cerca; cerca de tu esposa Rosi, cerca de tus tres hijos, Guillen, Meritxell y Francesc, cerca de tus amigos y de todos los que te queríamos.

Todavía están presentes en mi memoria  las últimas veces que tuvimos la oportunidad de estar juntos en las que pudimos reír y  conversar de muchas cosas; de lo bien que habías asimilado y lo a gusto que te encontrabas en tu nueva condición de prejubilado, de tus avances en ese deporte desesperante que se llama golf, del tiempo que, ahora sí, disponías para hacer las cosas que te gustaba hacer y que antes no podías por falta de tiempo, de la mala suerte que te había deparado el destino con una enfermedad tan preocupante, pero también de lo satisfecho y contento que estabas con la evolución positiva de la misma. Lo cierto es que, la última vez que estuvimos juntos, lucias un aspecto físico excelente y un estado de ánimo  envidiable. Por los años que hemos pasados juntos, sé de la alta aprensión que tenías a cualquier enfermedad y por tu forma de explicarme todo el proceso de ella, estaba convencido, como tú mismo, de tu total recuperación, de que la habías superado. Pero una cosa era lo que tú sentías o yo pudiera o quisiera creer y otra, muy distinta, lo que el destino nos tiene reservado a cada uno de nosotros. Por lo visto, para ti, ese fatal destino había decidido ya que el final del camino de tu vida, aquí con todos, estaba muy cercano, sin que ninguno de nosotros pudiera ni siquiera  llegar a intuirlo.

Me vienen a la mente los recuerdos de las diferencias de criterio que tuvimos en los primeros momentos de nuestro contacto laboral pero tú sabes que lo supimos resolver muy positivamente, poniendo buena voluntad, transigencia y comprensión por ambas partes, de tal manera que conseguimos una complicidad que nos permitió poder “aguantarnos” durante unos cuantos años. Para mí, y tú lo sabes, no solamente eras “el Jefe”, sino que había algo más que sobrepasaba lo estrictamente profesional; éramos, creo yo, unos buenos amigos, dentro y fuera del trabajo. También recuerdo como, haciendo uso de esa complicidad y confianza, que circulaba en ambas direcciones, me hiciste conocedor de muchas de tus inquietudes y es por ello que sé que hiciste todo, que te esforzaste al máximo, hasta más allá de lo posible, por tu esposa y por tus hijos. Desde aquí, permíteme que se lo haga saber, aunque estoy seguro que son plenamente conscientes de ello. Igualmente sé, porque así lo he compartido contigo a lo largo de los años que hemos convivido profesionalmente, que tu alta responsabilidad en el desempeño de tu trabajo  te proporcionó muchas satisfacciones, pero también sé que pasaste muchos días de grandes preocupaciones y muchas largas noches sin poder conciliar el sueño debido a que no eras capaz de desconectarte de las vicisitudes laborales. Estoy cada vez más convencido, de que esos sinsabores afectaron, de alguna manera, a tu salud.

Siento, de veras, que hayas podido disfrutar tan escaso tiempo de esa anhelada y merecida prejubilación que tantas veces había sido tema de comentario entre nosotros. Creo que no es justo. Creo, también, que no eras, en absoluto, merecedor de un final en tu vida tan inesperado.

No hace falta que te diga nada más porque sabes sobradamente todo lo que pienso.

Al comienzo de estas breves líneas habrás leído la frase donde dice …los lugares donde vivimos…, y cuando te digo, vivimos, no es un lapsus ni un error en la conjugación del tiempo del verbo, simplemente creo que para los que hemos tenido el placer de disfrutar de tu compañía y tu amistad, no te has ido, estás aquí, vivo en nuestros corazones para siempre, porque tú te has ganado lo que para nosotros es un gran honor; que podamos recordarte eternamente como lo que fuiste en todo momento de tu vida: un buen compañero, un buen amigo, una buena persona.

Hasta siempre  Quico.

J. Tecles


Tags: Tecles

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S?bado, 19 de agosto de 2017

   Las malas noticias se suceden y se precipitan como un auténtico aluvión, a una rapidez endiablada, y los medios de comunicación aprovechan para bombardearnos con sus comentarios e imágenes de los hechos. En general, todos pretendemos estar informados para poder opinar después de esos mismos acontecimientos que  se han ido sucediendo a lo largo de estos últimos tiempos, tan convulsos, que nos ha tocado vivir: Barcelona, Cambrils, Madrid; Gran Bretaña, Francia, Australia, Bélgica, Dinamarca, EE.UU., Irak, Afganistán, Pakistán, … y otros muchos que han formado parte  de una larga lista como objetivo de los grupos terroristas del Yihad.

   En mi caso, ha llegado un momento en que, aunque mi mente todavía podría admitir y almacenar más información,  mi corazón me ha comunicado que se encuentra en estado de shock, desbordado, saturado de tal manera que se niega a que estas noticas se limiten  a ser computadas en mi cerebro solamente como una serie de fríos datos, números y estadísticas.

   Mi corazón ha dicho basta: me pide que llore con él; me reclama que dé rienda suelta a los sentimientos que durante todo este tiempo se han ido acumulando en mi interior. Me exige que vacíe los archivos donde guardo la información de todos esos sucesos irracionales, crueles, salvajes, violentos, atroces, (no encuentro una única palabra que lo adjetive) producidos por unos seres descerebrados y fanáticos, influenciados por una mal entendida “religión” que les promete (así lo creen y lo esperan ellos) que, después de la muerte terrenal, en un paraíso del más allá, serán premiados con una vida eterna, placentera y feliz.

   Mi corazón clama para que, ahora, me detenga y consuma unos instantes de mi vida para acompañarlo en sus sollozos. Me pide que exteriorice lo que interiormente ha venido haciendo él cada vez que ha tenido conocimiento de cualquier hecho luctuoso de esta índole: Le digo que sí, que tiene razón, e inmediatamente, sin poderlo evitar, una sacudida estremece mi cuerpo desplazándose desde las vísceras hasta acabar en un angustioso nudo que me oprime la garganta hasta  bloquearme la respiración. Al mismo tiempo abre las espitas de mis ojos  para que de ellos comiencen a surgir lágrimas tibias  de tristeza e impotencia que se deslizan lentamente por mis mejillas hasta que desaparecen (o se ocultan; puede ser que para esconder la vergüenza ajena) bajo el vello de mi barba; gotas de pena con sabor a sal y de mucha rabia contenida; chispas húmedas de la sinrazón de unos pocos individuos (me pregunto si se pueden catalogar como humanos) que no han sabido entender en ningún momento, creo yo, cual era el cometido en su paso por este planeta.

   De “ellos” y de sus actos me avergüenzo; de mostrar mis sentimientos con lágrimas sinceras… no.


Tags: atentado Barcelona, atentado Cambrils, Juan Tecles

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Martes, 01 de agosto de 2017

Vale la pena leerlo. Es la pura realidad. ¡Ojalá hubiera muchos personajes como Emilio el Perroflauta.

CINCUENTA COCHINOS EUROS

31 Jul 2017

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ARTURO PÉREZ-REVERTE

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Patente de corso

 

Emilio es todo un personaje. Acaba de cumplir 67 tacos y lleva varios de jubilata. Me toca de refilón por vínculos familiares y lo conozco desde hace mucho. Es un fulano de inteligencia extraordinaria, con una formación intelectual que ya quisieran para sí muchos econopijos pasados por Harvard, o por donde pasen. Y además, de izquierdas como ha sido siempre –de izquierdas culto, que no es lo mismo que de izquierdas a secas, y más en España–, posee una formación dialéctica marxista impecable. En su día, paradojas de la vida, fue uno de los más eficaces comerciales de una multinacional donde ganaba una pasta horrorosa, pero currar con traje y corbata nunca le gustó. Así que se jubiló de forma anticipada, para vivir de una modesta pensión. No necesita más. Lee cinco periódicos diarios, oye la radio, fuma, se toma su café en el bar y pasa de todo. No creo que para la vida que lleva necesite más de trescientos euros al mes. A veces pienso que habría sido un mendigo de los que ni siquiera mendigan, perfecto y feliz, con su cartón de Don Simón y sus colegas. Por eso, en plan cariñoso, lo llamo Emilio el Perroflauta.

Como pasa de todo, Emilio es un desastre. Va sin dinero en el bolsillo, entre otras cosas porque odia los bancos –siempre se negó a tener tarjetas de crédito– y cree que el mejor rescate para un banco es un cartucho de dinamita. Sus hermanas son quienes le vigilan la modesta cuenta corriente, hacen los pagos de agua y luz y le entregan el poco dinero de bolsillo que necesita. Pero, el otro día, se vio sin sonante. Pasaba cerca del banco, así que entró a pedir cincuenta euros de su cuenta. Había una cola enorme ante la ventanilla –todos los empleados tomando café menos una joven cajera– y aguardó con paciencia franciscana. Llegado ante la joven pidió cincuenta euros, y ella respondió que para cantidades menores de 600 euros tenía que salir afuera, al cajero automático. «No tengo tarjeta», respondió Emilio. «Te haremos una», dijo ella. «No quiero tarjetas vuestras ni de nadie», opuso él. La joven lo miraba con ojos obtusos. «Te la hacemos sin problemas». Acodado en la ventanilla, Emilio la miró fijamente. «Te he dicho que no quiero una tarjeta. Lo que quiero son cincuenta euros de mi cuenta». La chica dijo: «No puedo hacer eso». Y Emilio: «¿No puedes darme cincuenta euros de mi cuenta porque no tengo tarjeta?… Que salga tu jefe».

Salió el jefe. «¿En qué puedo ayudarte?», dijo. Era un jefe de sucursal joven, estilo buen rollito. «Puedes ayudarme dándome cincuenta euros de mi dinero», respondió Emilio. «Tienes que comprender las normas –razonó el otro–. La tarjeta es un instrumento muy práctico para el cliente». Emilio miró atrás, como buscando a quién se dirigía el otro: «¿Me hablas a mí? –respondió al fin–. Porque, mira, soy viejo pero no soy gilipollas». El director tragaba saliva, insistiendo en que el interés del público, la comodidad, etcétera. «¿La comodidad de quién? –inquiría Emilio–. ¿La vuestra?». El otro siguió en lo suyo: «Te hacemos una tarjeta ahora mismo, sin comisiones». Pero ya he dicho que la formación marxista de Emilio es perfecta; así que, tras cinco minutos de argumentación metódica –el otro, abrumado, no sabía dónde meterse–, acabó así: «Además, eres tonto del haba. Porque el dinero, aunque sea poco, es mío y seguirá aquí. Pero con tanta tarjeta, tanta automatización y tanta mierda, al final quien sobrarás serás tú –señaló a la cajera– y todos estos desgraciados, porque os sustituirán las putas máquinas».

A esas alturas, la cola ante la caja era kilométrica; y la gente, la cajera y el director escuchaban acojonados. Emilio dirigió a éste una mirada con reflejos de guillotina que lo hizo estremecerse. Entonces el director tragó saliva y se volvió a la cajera. «Dale sus cincuenta euros», balbució. Y en ese momento, Emilio el Perroflauta, erguido en su magnífica e insobornable gloria, miró con desprecio al pringado y le soltó: «¿Pues sabes qué te digo?… Que ahora tu banco, tú, la cajera y los empleados que tienes a estas horas tomando café podéis meteros esos cincuenta cochinos euros en el culo. Ya volveré otro día». Tras lo cual se fue hacia la puerta con paso firme y digno. Y al pasar junto a la gente que esperaba en la cola, sumisa –nadie había despegado los labios durante el incidente–, los miró con altivez de hombre libre y casi escupió: «¿Estáis ahí, callados y tragando como ovejas?… Si esta cola fuera en la Seguridad Social, ya la habríais quemado». Y después, muy tranquilo, fue a tomarse un carajillo a un bar donde le fiaban.

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Publicado el 30 de julio de 2017 en XL Semanal.

 


Tags: Arturo Perez Rverte

Publicado por jotatese @ 17:03  | Art?culos Varios
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