miércoles, 13 de julio de 2011

todos los componentes de la familia, para lo cual se prestan encantados.   No solamente es a los niños que les encanta que los fotografíen; a los adultos también les complace enormemente. Siempre están dispuestos a posar sonriendo y mostrando a la cámara sus blancas dentaduras que contrastan con el negro color de su piel.        

 

Carlos S. y yo, ligando

Mientras tanto Lamín, el especialista en la preparación del té, va trabajando pacientemente  en su elaboración y cíclicamente nos va ofreciendo a todos los tradicionales vasitos, hasta en tres ocasiones, como manda la tradición. Ciertamente, hemos pasado unas horas, en compañía de toda esta familia, que difícilmente olvidaremos en toda nuestra vida.

 

                 Lamín, el especialista del te

Decidimos acabar la visita y, como manda la tradición, amablemente nos acompañan de vuelta al hotel para, poco después, abandonarnos en los brazos de Morfeo.

 

 

Miércoles: 13 de Diciembre

Como aquí nunca se sabe que es lo que te puede ocurrir, aunque el día de hoy se presente tranquilo, no hay que hacerse muchas ilusiones de que en realidad lo sea.

Comenzamos un recorrido por la ciudad empezando por el mercado, con el ánimo de hacer alguna que otra compra. Damos vueltas y vueltas por entre los laberínticos pasillos, unos cubiertos con toldos y los más sin cubrir, que toman forma entre los cientos de puestos donde, como en todos los mercados de este estilo, se vende todo lo imaginable. Huelga decir que desde el momento de salir a la calle y cual fieles cicerones llevamos pegados unos cuantos, de los que yo he dado en llamar, benefactores del turista descarriado. El regateo es a muerte, del CFA se entiende, y como producto del mismo, cuando nos damos cuenta, nos vemos con las manos cargadas de recuerdos.

De aquí nos dirigimos al mercado artesanal con la intención de rematar las negociaciones que habíamos iniciado en anteriores visitas y que quedaron pendientes de las últimas y definitivas ofertas. Cada uno de nosotros se dedica a resolver sus propias transacciones y al cabo de un rato nos vamos reencontrando con el producto de las mismas debajo del brazo. Hay que reconocer que si no fuese por las dimensiones y el excesivo peso de alguna de las piezas que aquí se pueden adquirir, habríamos cargado con ellas. De todas maneras, como excepción  al anterior comentario, nuestro compañero Nando ha hecho caso omiso a las sugerencias del resto del grupo en cuanto a una figura de madera de dimensiones considerables y peso más bien excesivo. Hemos pretendido convencerle de que no comprara semejante “muerto” ya que, a pesar de que no nos quedan muchos días de viaje, sí los suficientes para que pueda ser un verdadero incordio como parte de su equipaje. Como que ya es mayor de edad y tiene su criterio propio, ha rehusado nuestras sugerencias y por un puñado de CFAs se ha convertido en el dueño de la bonita talla. No sé si llegará a arrepentirse de la transacción pero de momento, de camino al campamento, ya ha dado alguna muestra de ello.

La tarde la consumimos acompañados por Pape, en visitar un Zoológico situado a unos kilómetros de la ciudad. Solo decir que tanto las instalaciones como los animales que en él se exhiben están en completa consonancia con el resto del país.

Al regreso, a nuestro paso por el mercado del puerto, compramos unos cuantos kilos de gambas para llevar a la “gran mamá”, puesto que esta noche hemos tenido el  honor de ser invitados a cenar en su casa.

Es una habitación cuadrada, sin muebles, con el suelo cubierto totalmente por alfombras de diversos y atractivos colores. En el centro, directamente sobre el suelo, están situados los recipientes que contienen los alimentos, alrededor de los cuales nos situamos todos recostados sobre cojines que nos sirven de apoyo. Tan típico como incómodo, sobre todo para nosotros que no estamos acostumbrados a comer en estas contorsionadas posturas, en especial cuando llevamos un buen rato en la misma posición.

La cena nos la sirven en unas grandes palanganas de donde todos nos afanamos en proveer a nuestros estómagos. En esta ocasión, por suerte, nos han facilitado un tenedor como instrumento de mediación y herramienta en el trabajo del yantar. La variedad de platos, algunos bastante conocidos por nosotros a estas alturas del viaje, ha sido extensa y todos ellos sabrosísimos.

Damos por concluido el ágape e inmediatamente después nos dirigimos al patio para tomar el inevitable y acostumbrado, aunque por otro lado agradable, té. En esta oportunidad Nando, que en una de las visitas a los mercados se ha comprado el set completo de tetera y hornillo típicos, pone mucha atención en la parafernalia de todo el proceso que, como siempre, ejecuta Lamín. Nosotros por nuestro lado, conociéndolo como lo conocemos, también nos quedamos con las explicaciones, por si acaso.

Carlos S. no está demasiado fino esta noche debido a unas décimas de fiebre producida por una infección en la herida de su pierna. En idioma Wólof, según nos han enseñado, esta expresión sería como sigue: “Carlos demmá jaquá feber”, o algo muy parecido fonéticamente. Al final de la noche, no sé si influenciado por la alegría que expresa toda esta buena gente, parece que se encuentra un poco más animado.

Lamín, el especialista del té y empleado de confianza de la familia, nos propone acompañarnos a Dakar para llevarnos a casa de sus padres. Lo comentamos entre todos nosotros y creemos que no sería correcto aceptar, pero por otro lado tampoco queremos dar la impresión de que despreciamos el ofrecimiento. Al final, aceptamos la proposición.

La velada ha sido otra vez enriquecedora y agradabilísima. Las chicas como cada día que las hemos visitado no han cesado de cantar, bailar y de invitarnos a que lo hiciéramos. Esto último con resultados de lo más variado.

Llega la hora de las despedidas y con mucha tristeza hemos de decirnos adiós. Un adiós que todos sabemos definitivo puesto que mañana ya no estaremos para tomar el té con ellos y, a pesar de las consabidas promesas y buenos propósitos por parte de todos, lo más posible es que nunca más nuestras vidas se vuelvan a encontrar.

Siguiendo sus costumbres de cortesía, un miembro de la familia, en este caso Pape, nos acompaña de vuelta al lugar donde nos alojamos.

Con este pensamiento en mi mente y una sensación de tristeza en mi interior me dirijo, como el resto de mis compañeros de vivencias, a la habitación donde intentaré conciliar el sueño y descansar. No sé si las condiciones anímicas que me embargan hoy me lo permitirán.

 

 

Jueves: 14 de Diciembre

Un paseo matutino nos lleva hasta el puerto con el fin de comprar los billetes para el barco que nos llevará hasta Dakar, incluyendo un quinto pasaje para Lamín que nos ha de acompañar.

 

El ferri de vuelta a Dakar

Lamín es un personaje que reúne en su aspecto físico todas las particularidades propias y típicas del hombre de color. Bueno de los negros, para que nos entendamos, sin subterfugios. Es alto, delgado, atlético, ágil, sin apenas nalgas, camina con un movimiento basculante alternativo sobre sus piernas -como si llevara muelles en los dedos de los pies-, es chato, con los labios gruesos y por supuesto, negro. He dicho que sus labios son gruesos pero además en ellos siempre aparece un trozo de una raíz -que se asemeja al regaliz que nosotros conocemos- sujeta por sus blancos dientes, que lo están precisamente por esta circunstancia. Este palito es el sustituto de lo que usamos los occidentales para asearnos la dentadura y que llamamos cepillo y dentífrico. Los resultados que se obtienen con este procedimiento, que es usado por todos y todas a cualquier hora, es realmente sorprendente porque la mayoría lucen unas dentaduras que para nosotros las quisiéramos. Para ser justos diré que juegan con ventaja porque a la hora de contrastar el blanco de los dientes con el color de su cara, resalta mucho más que en nuestro caso.

De vuelta al hotel, tras hacer el equipaje y reponer fuerzas, Lamín nos comunica que no puede acompañarnos a Dakar. A decir verdad, yo ya me lo imaginaba. Como consecuencia de ello, cuando llegamos al puerto, hacemos gestiones para recuperar el importe del billete sobrante. Creo que todavía se acordará de nosotros el empleado de la taquilla pues ha sido tal el lío que se ha organizado para recomponer las numeraciones y las sumas de todas las listas, que se ha pasado haciendo rectificaciones una eternidad. Evidentemente todas las anotaciones y rectificaciones posteriores de todas sus listas y documentos son un riguroso “hand made”.

Estamos embarcados en el “L’iIle de Carabane I” el barco que nos ha tocado en suerte  y que de color, está correctamente pintado de blanco, pero… ¿flotará? Somos conscientes de que hay que tomárselo con mucha calma y tranquilidad porque la travesía que nos espera va a ser lenta, pesada y calurosa.

Vamos descendiendo el río en busca de su desembocadura, haciendo una escala en la isla Karabane donde, ante la imposibilidad de atracar en sus orillas por carecer de profundidad suficiente, los pasajeros y sus productos son transportados en piraguas hasta la embarcación.

 

                       El embarque

El espectáculo que se nos ofrece mientras intentan el embargue de todo este gentío, con todos sus equipajes, bultos, capazos con productos para la venta y demás enseres, acompañado de maniobras arriesgadas y de un constante griterío, dan paso, paulatinamente, a la calma. Poco a poco las piraguas van alejándose, perdiéndose en la lejanía, hasta convertirse en un puñado de diminutas siluetas que al final se diluyen y desaparecen lentamente como tragadas por el río.

 

                    Equilibrio

El navegar lento y constante del barco nos permite disfrutar de un paisaje que, por otro lado, ya conocíamos. Las  frondosas orillas repletas de verdes y frondosos manglares, con sus raíces sumergidas repletas de moluscos, los poblados que esporádicamente se dejan ver en el interior de la vegetación y las aguas tranquilas con alguna embarcación ocupada en los quehaceres de la pesca, son imágenes que ya tenemos archivadas para siempre en nuestro recuerdo.

No ha pasado mucho tiempo desde la partida de la isla Karabane cuando abandonamos la desembocadura del río para salir a mar abierto. La marcha se acelera y cuando nos damos cuenta llevamos como  compañeros de travesía unos cuantos delfines que no sé bien si saltan para divertirnos o simplemente lo hacen para divertirse ellos mismos. En cualquier caso, sea cual sea la razón por la que lo hacen, es un bonito  espectáculo que nos alegra la vista y entretiene nuestro tiempo de navegación.

Ya que menciono el tiempo, aquí disponemos de él en grandes cantidades y para consumir un poco iniciamos unas partidas de naipes en el interior, pero el calor es tan insoportable que optamos por salir de nuevo a cubierta. Algún miembro del grupo empieza a detectar un conato de mareo e indisposición, lo cual remediamos, en parte, con la reconfortante brisa fresca.

Llega la noche y acomodarse para poder dormir es una historia. En esta ocasión, valga el juego de palabras; una historia para no dormir. Particularmente yo no consigo encontrar ni el sitio ni la posición idónea. Lo pruebo en cubierta, en el interior, encima de un banco, sentado, tumbado, en fin, que no lo consigo.

La noche se va iluminando poco a poco hasta dejar paso al día y justo cuando el sol comienza a hacer acto de presencia, el barco hace su entrada en el puerto de Dakar. La travesía Ziguinchor-Dakar ha terminado y con ella nos hemos metido en el cuerpo veinte incómodas horas de navegación, que para no estar acostumbrados al transporte por mar, en este tipo de naves que no son precisamente cruceros de super-lujo, no está nada mal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viernes: 15 de Diciembre

Desembarcamos e inmediatamente, previo regateo, conseguimos un taxi.

Una vez hemos cargado el equipaje en el vehículo el taxista sube el precio que nos había dado y nosotros, sin pensarlo dos veces y sin discutir la decisión, descargamos los bártulos. Está claro que como dice el refrán castellano: “la cabra siempre tira al monte”. No hay manera de que respeten un trato con los “tubaabs”. Deben pensar que todos somos tontos o ricos; o que nos vamos a acojonar delante de ciertas situaciones. Pues con nosotros, lo siento por todos ellos, han dado en piedra.

Fijamos precio con otro taxista, ahora sin dar opción a ninguna duda, y nos dirigimos al hotel que previamente hemos elegido mediante nuestra guía y que cuando logramos dar con su ubicación, lo encontramos en plenas obras de remodelación. Buscamos una alternativa y aunque solo sea para una  noche, conseguimos alojamiento. Dejamos el equipaje y una vez desayunados nos dirigimos hacia la zona más turística de Dakar denominada NGor, situada a unos kilómetros del centro de la ciudad y enfrente de la isla del mismo nombre. Aunque parezca extraño tenemos que discutirnos con el taxista que pretende cobrar más de lo que habíamos concertado. Le damos lo que se había fijado y le dejamos con sus monsergas.

Tanteamos el terreno en cuanto a relación calidad-precio con el fin de conseguir alojamiento  -lo de calidad es por denominarlo de alguna manera en la mencionada relación- y esta búsqueda nos lleva hasta la isla de NGor, donde nos ofrecen una casita al borde de la playa para nosotros solos. Antes de verla se nos antojó una buena oferta porque la isla es un lugar tranquilo y bonito pero cuando estamos ante ella, a mí, particularmente, se me caen los pantalones al suelo, por no usar otra expresión más soez y que también es bastante conocida. No hace falta ni describirla. Las condiciones en las que se encuentra a pesar de que al resto parece convencerlos, son realmente desastrosas. Por decir algo diré que no hay corriente eléctrica. Eso sí, el problema se resuelve con unos cuantos faroles a gas repartidos por el exterior y el interior de la vivienda. Hay además un agujero en el jardín que  ellos llaman piscina y que está, por demás, vacía. Si queremos que la llenen, para poder disfrutar  de lo que sería natural en un espacio como ese, o sea, darnos un baño, hay que pagar un suplemento aparte.

En fin, decidimos seguir mirando y volvemos a tomar la piragua que nos devuelve de la isla al continente.

 

Playa de NGor-Dakar

Carlos S. está un poco preocupado porque la herida de su pierna se está volviendo a abrir y presenta un feo aspecto y nos da la sensación que además se le ha infectado. La preocupación la hacemos nuestra e inmediatamente nos volvemos a Dakar, directamente al hospital. Después de una buena espera en "urgencias" debido a que el médico de guardia se encuentra comiendo conseguimos que hagan todas las gestiones burocráticas para la entrada del enfermo en el hospital.

Nos envían a la sección de rayos X donde le hacen unas radiografías de la herida. Posteriormente y con la radiografía en la mano nos mandan a la primera planta para someterlo a una cura. Nos atienden antes que nuestra Seguridad Social lo hubiera hecho y el médico le manifiesta que ha de volver cada día para someterse a la misma cura.

Tomamos un tentempié en un bar y nos dedicamos a visitar el mercado  de  Soumbédioune. Más o menos, como todos: la misma aglomeración de gente, el mismo griterío, el mismo estilo de puestos, en fin, el típico mercado africano con la única diferencia que es el mayor de todo Senegal.

Seguimos el paseo que nos lleva a recorrer buena parte del perímetro de la ciudad bordeando la costa, lo cual nos permite concluir que las playas de Dakar, ciudad, son casi inexistentes porque la mayor parte del litoral es de rocosos acantilados. El recorrido se hace largo y pesado, pero un miembro del grupo que no quiero mencionar, se empeña en hacernos caminar y no consiente en que tomemos un taxi de los muchos que nos hemos cruzado a lo largo del paseo. El resultado es que el sol se va escondiendo por el horizonte y la luz va dando paso a la oscuridad. Cruzamos la ciudad ya de noche en busca del hotel y de una ducha que nos reconforte del cansancio acumulado en todo el día.

La salida nocturna, en busca de la cena, es aprovechada también para efectuar alguna que otra compra  que hace que regresemos al hotel cargados de bolsas llenas de objetos de recuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sábado: 16 de Diciembre

No pensaba reflejar aquí ciertas molestias nocturnas que he tenido que soportar durante muchas noches; y no son mis enemigos, los archiconocidos mosquitos, pero hoy no puedo dejar de denunciar la situación. Esta noche pasada ha sido el “súmmum”, el “non va plus”, el “acabose en concierto”. Mi querido compañero de cuarto me ha obsequiado con un recital completo. Por más que lo he intentado, no he conseguido que dejara de deleitarme con sus potentes ronquidos. Debe ser mi sino. Por una razón u otra no consigo dormir una noche de un tirón. Y después mis colegas  me dicen que hago mala cara por las mañanas y que tengo ojeras. Y digo yo; como no las voy a tener si con las serenatas que me dan, a veces los tres al unísono, no consigo pegar un ojo. Bueno, intento resarcirme de ello recuperándolo en siestas.

Vamos en primer lugar al hospital para que le hagan la cura correspondiente a Carlos S. El conserje nos envía a unas oficinas donde, de la ventanilla número cinco nos remiten a la número cuatro, de la número cuatro a la caja para que posteriormente después de pagar la radiografía de ayer, nos devuelvan a la número cuatro otra vez. Y todo este baile de ventanillas solo porque necesitamos la ficha azul. Por fin la conseguimos y con ella en la mano nos dirigimos al dispensario. El galeno le cura la herida y a la pregunta de si ha tomado los antibióticos que le recetaron ayer, Carlos contesta que no: "que ayer no le recetaron nada". Parece ser que ha habido un olvido por parte del médico que le atendió y no le hizo la receta. Esta vez sí, y marchamos con ella en busca de los medicamentos.

En la primera farmacia no los encontramos pero los conseguimos en el segundo intento. Más o menos funciona como aquí pero con más contraste de color.

Retiramos el equipaje del hotel y nos dirigimos a la zona que ayer estuvimos visitando para pasar los últimos días del viaje en plan de completo relax. Nos decidimos por un complejo, situado en la zona turística de Dakar llamada Ngor, compuesto de bungalós separados, asemejando chozas típicas por fuera, con tejados de paja de arroz, pero con los interiores bastante aceptables. Entre otras cosas, tienen aire acondicionado, que siempre es de agradecer para combatir el exceso de temperatura.

 

 

 

 Alojamiento en NGor

No está nada mal el lugar para pasar estos últimos días en completa calma y tranquilidad, que por otra parte, creo yo, nos hemos merecido.

El día ha transcurrido entre playa y piscina, estirados al sol y entre chapuzón y chapuzón, sesión de lectura. Auténticamente un día de vacaciones de verdad.

Mientras que el resto del grupo se entretiene contemplando la bravura del mar en esta bahía, yo me dedico, aprovechando el silencio y la calma reinante en el interior de nuestra choza-habitación, a poner en orden estas anotaciones.

 

 

Mirando el Atlántico

También, otro compañero, el otro Carlos, Carlos C., tiene una herida en el tobillo como consecuencia de una rozadura. La inspeccionamos detenidamente y nuestros conocimientos en medicina de supervivencia nos llevan a concluir que está infectada y que por lo tanto debemos hacer una limpieza adecuada.

Aparecen en los comentarios el fantasma del “cro-cro”. Una especie de infección que poco a poco va actuando sobre la herida perforando la carne hasta llegar a afectar al hueso. Confiamos en que, por el bien de ellos, solamente sean falsas suposiciones, aunque creo que más de uno, al menos dos, no han dormido tranquilos esta noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo: 17 de Diciembre

Parece ser que la red de espionaje que abastece de información al ejército de Anopheles III ha descubierto que nuestra estancia en África está llegando a su fin y no han querido dejar pasar la oportunidad de despedirse de nosotros. Como consecuencia de su visita hemos tenido una noche movidita.

Desde luego que el zumbido de un mosquito, a pesar de que su potencia en decibelios no sea perjudicial al oído, nadie me discutirá que puede taladrarte tanto tu paciencia que es capaz de crearte un estado de alerta y de irritabilidad que impide que concilies el sueño cuando sabes que algún elemento de esta especie está haciendo vuelos de rasante sobre tu lecho. ¿Por qué será que los mosquitos macho no pueden taladrar con sus piezas bucales nuestra piel y los mosquitos hembra disponen de un aguijón con el que te perforan y succionan la sangre?  Dejo aquí la pregunta, que yo no quiero contestar por temor a que se me mal interprete. Ya en el siglo pasado la escritora británica Elspeth Huxley, que vivió una buena parte de su vida en Kenia, decía: “…ningún sonido concentra tanta perversidad y malicia en un volumen tan pequeño, como el zumbido de un mosquito”. Cuánta razón tenía esta buena señora. Y no digamos de la intranquilidad que te produce el saber que cualquiera de estas ocasiones que hemos sido ensartados por la trompa de alguno de estos insectos puede haber sido el principio de una transmisión de las variadas, y a veces mortales, enfermedades que nos pueden transmitir. Espero, confío y deseo que esto no se haya producido en ninguno de nosotros -para algo hicimos la prevención pertinente antes de comenzar el viaje- y volvamos sanos y salvos a nuestros respectivos hogares.

Entre paseos por la playa, chapuzones alternativos en el Atlántico o en la piscina, una buena dosis de bronce y panching y alguna que otra cerveza, ha transcurrido el día de hoy. Un día de completa calma y tranquilidad, como habíamos planteado que fuera.

Durante todos estos días de narración de  las vivencias del viaje, en muchas ocasiones, he mencionado nuestras tertulias nocturnas acompañados de unas frescas bebidas, que en muchas ocasiones han sido cervezas. He de decir que habitualmente hemos consumido dos de las marcas más conocidas en Senegal como son la Flag y la Gacelle, a las cuales le reconocemos una calidad bastante aceptable. En otras ocasiones, esos mismos ratos de ocio han sido acompañados por el clásico combinado de cola y whisky con unos cubitos de hielo. ¿Pero de donde provenía el agua de los cubitos? Pues la respuesta es que, generalmente, de agua del grifo. ¿Y qué nos habían advertido en el Hospital de Santa Caterina, antes de iniciar el viaje, sobre el uso del agua para beber?, pues que utilizáramos agua envasada, a ser posible, o cuando esto no fuera así, añadir al vaso una pastillita de cloro para prevenir cualquier tipo de infección. Así lo empezamos a hacer siempre que hemos tenido la necesidad de hidratarnos hasta que llegó el momento de los primeros cubatas. Entonces se nos presentó un problema que no teníamos previsto, porque claro, este tipo de combinado, además de sus dos componentes esenciales,  lleva hielo, y como el agua del hielo no la podemos controlar nosotros y el cubata con cloro no nos apetecía, pues al final hemos acabado durante todo el viaje bebiendo agua que no sabemos en qué estado se encuentra. Que sea lo que los bichos quieran que sea y que Dios nos ayude en los resultados. De momento no hemos tenido ningún tipo de descontrol digestivo.

Al anochecer nos damos una vuelta por el pueblo y descubrimos que todas las calles son de una anchura no superior al metro en sus puntos más espaciosos. Cuando queremos salir de él, nos damos cuenta de que no sabemos encontrar el camino idóneo. Entre la oscuridad de la noche y el galimatías de callejuelas, estamos completamente perdidos. Por suerte un amable moreno nos acompaña hasta un callejón que va a desembocar en la playa. A partir de aquí y una vez situados de nuevo, nos dedicamos a buscar un restaurante hasta que encontramos uno de muy buen aspecto.

La cena bastante buena; tan buena como el precio que pagamos por ella. Basta decir que nos ha costado la misma cantidad que pagamos en Ziguinchor por tres días de pensión completa en el hotel. Como puede apreciarse, incluso en los precios, este es un país de grandes contrastes.

 

 Tiempo de relax

El paseo de vuelta a nuestro bungaló ayuda a digerir lo que le hemos suministrado a nuestros estómagos durante la cena, antes de retirarnos a jugar nuestra sesión habitual de partidas de naipes y disfrutar de alguna que otra bebida larga de whisky con cola.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lunes: 18 de Diciembre

Como ha sido la tónica durante todo el viaje, y para no ser menos, el día de hoy lo empezamos tal y como habíamos planeado terminarlo. Nos vamos a Dakar con el fin de que el enfermo del grupo se someta a la cura diaria de su herida.

Siguiendo las indicaciones del médico que nos atendió ayer, nos dirigimos directamente a una ventanilla ubicada en la primera planta con el fin de pagar la visita y hacernos con la ficha azul pertinente. Nos atiende un empleado quien nos indicó que no es allí y que nos dirijamos a la ventanilla número cuatro, en la planta baja. Así lo hacemos, pero sin suerte. Allí nos indican que la ficha azul la tienen en la ventanilla de dónde venimos. Volvemos sobre nuestros pasos y nos presentamos de nuevo al mismo empleado que nos había atendido minutos antes, quien nos vuelve a enviar al mismo sitio asegurándonos de que está allí. De nuevo hacia la planta baja y el empleado que se sorprende de vernos aparecer otra vez. Según él la ficha está arriba. Así que seguimos el paciente peregrinaje entre las dos plantas y por fin, cuando nos presentamos delante de la ventanilla, el empleado nos recibe con los papeles en la mano. Parece mentira pero lo hemos conseguido.

Después de la cura nos dedicamos a patear la ciudad hasta llegar a la periferia, donde el estilo de sus barriadas es bien distinto a lo que es el Dakar que hemos conocido hasta ahora. Los grandes edificios, sus anchas avenidas, el tráfico del centro, pasan a transformarse en la típica construcción de adobe de una planta con sus patios interiores, calles de tierra, vehículos destartalados y suciedad por donde quiera que mires.

 

Paseando

Nos acercamos hasta la gran mezquita con el ánimo de subir al minarete desde donde, según nos han explicado, se ve una bonita vista panorámica de toda la ciudad. La suerte no nos ha sido propicia y nos encontramos con que está cerrada.

Pasamos por la zona comercial para encaminarnos después al mercado artesanal donde aprovechamos para hacer las últimas compras. Los regateos sobre el precio han sido, como es habitual, durísimos. Cansados por la gran caminata, acompañada siempre por el sol abrasador, decidimos tomar un refrigerio en un chiringuito cercano y después tomamos el taxi camino del hotel.

El resto de la tarde la dedicamos a leer, unos, y a dormitar, otros, hasta la hora de la cena.

Una sesión de cartas en la habitación con dos claros vencedores de la noche. Uno de ellos, servidor. Como es natural la pareja perdedora está sumida en la más honda desesperación.

Buenas noches y felices sueños.

 

 

 

 

Martes: 19 de Diciembre

De felices sueños, ni hablar.

Nuestros enemigos los mosquitos, no se dan por vencidos y han atacado de nuevo durante la noche. Los resultados de la incursión de los insurrectos son perfectamente visibles a la mañana siguiente.

Emprendemos rumbo al pueblo a través de la playa lo cual nos permite comprobar la razón por la cual hay tanta suciedad. Todo el pueblo arroja las basuras al mar, convirtiendo así la playa en el estercolero municipal. Desde luego que aquí no conseguirían la bandera azul de calidad.

Como ya pudimos comprobar anoche el pueblo es un perfecto laberinto de callejuelas serpenteantes que se quiebran y entrecruzan para, de vez en cuando, fundirse con los patios de las viviendas, de tal manera que llega un momento en que no sabes si estás paseando por una calle o estás dentro del patio de una casa particular. Como comentaba ayer la estrechez de las calles en todo el pueblo es un dato curioso. Por poner un ejemplo diré que Carlos S. situado en el centro y con los brazos en jarras toca con los codos ambas paredes. Resumiendo: el pueblecito, en su conjunto, es una obra de arte, urbanísticamente hablando. Una joya arquitectónica.

 

Calle estrecha

Nos damos un respiro durante la tarde para dedicarla a preparar y ordenar el equipaje y después de hacer la tarea, esperamos impacientemente la hora de la cena para, posteriormente, trasladarnos al aeropuerto. Nuestro periplo por el continente africano está llegando a su fin.

Nos pasa a buscar el taxi que nos ha de llevar hasta el aeropuerto y nos ocupamos en cargar todo nuestro equipaje, incluido el busto de madera de Nando que ya ha dado motivos de algún que otro comentario sobre la advertencia que se le hizo en el momento de su compra.

Llegamos a las majestuosas instalaciones aeroportuarias y, como era de esperar, una avalancha de vociferantes porteadores ofreciéndonos sus servicios, intentan responsabilizarse del traslado de nuestros equipajes, cosa que no consiguen porque nos negamos rotundamente a que lo hagan. Pasamos con dificultades, cargados como negros, -que conste que solamente se trata de una frase hecha, sin carga racista de ningún tipo- entre todo este gentío que no mira con buenos ojos nuestra decisión de no dejarles tocar nuestros bultos y los descargamos en el mostrador de facturación. Suerte que uno de nosotros estuvo al  quite de la operación porque a la hora de poner el etiquetado a los bultos, impidió que los enviaran a París, eso sí, sin suplemento de costo. Tal y como habíamos advertido a Nando, no tiene otro remedio que sufrir las incomodidades de cargar con su africano abuelo de madera,  en forma de busto, como equipaje de cabina. Después de una corta espera, los altavoces de ambiente comunican el embarque de nuestro vuelo y todos, al fin, nos acomodamos en nuestros asientos a la espera de que el tiempo pase lo más rápidamente posible.

El contraste del vetusto vehículo que nos ha trasladado hasta el aeropuerto, con el Jumbo, producto de la técnica de los países tecnológicamente desarrollados, empieza a reubicar nuestras mentes.

Tanto el viaje de regreso hasta Marsella, así como el de Marsella a Barcelona, se han desarrollado sin ningún incidente, de tal suerte que a las nueve de la mañana del día veinte de Diciembre de mil novecientos ochenta y nueve estamos pisando suelo catalán; después de veintitrés  días por tierras africanas en un viaje que ha cumplido, con creces, todas las expectativas que yo, al menos, tenía depositadas en él. Porque he podido disfrutar de uno de esos viajes en los que no hay nada organizado de antemano. O mejor dicho, que aunque intentes organizarlo, cuando llega el momento de la realidad las cosas no son, casi nunca, como pensabas que serían. No ha sido un viaje de esos que te traen y te llevan donde la organización quiere que vayas y a ver lo que ellos quieren que veas, que generalmente no es lo más interesante que el país es capaz de ofrecerte. Todo lo contrario. Ha sido un viaje intenso donde se nos ha puesto a prueba nuestras cualidades y defectos, donde hemos podido demostrarnos a nosotros mismos la capacidad que hemos tenido de ser un grupo extremadamente compacto y unido, donde las opiniones de todos han sido tenidas en cuenta para llegar siempre a una conclusión unánime en las decisiones que a lo largo del viaje hemos tenido que ir adoptando y adaptando, obligados por las circunstancias, para soslayar las dificultades que día a día nos han ido surgiendo. En definitiva, que nunca me arrepentiré de haber formado parte de él y nunca agradeceré suficientemente la confianza y el trato que me han dispensado mis amigos y compañeros que, en el momento de plantearlo, supieron ver la necesidad de que yo estuviera con ellos.

Por otro lado, si bien al principio de este relato, o más exactamente, en su introducción, reconocía y manifestaba que mi forma de viajar, hasta ese momento, era bajo la modalidad del paquete organizado en todos sus términos, ahora, después de haber vivido esta  experiencia, enmarcada en la otra forma de desplazarse totalmente antagónica a mis gustos, reconozco que mis preferencias han dado un giro de ciento ochenta grados. A partir de ahora, cuando tenga que plantearme un nuevo viaje, seguramente la modalidad del mismo se parecerá más al que acabo de efectuar que a los que he venido realizando hasta ahora.

 

 

EL VIAJE (con mayúsculas)

Ahora sí, “EL VIAJE”, para mí con mayúsculas, ha llegado a su fin, pero con toda seguridad ha dejado gravados en nuestro recuerdo un buen número de situaciones, anécdotas y vivencias únicas y maravillosas, imposibles de olvidar y que, como he repetido en múltiples ocasiones a lo largo de esta narración, han resultado ser muy difíciles de describir.

 

 Lloret de Mar, Abril de 1990.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE

 

Introducción.

Día 28/11 : Traslado Lloret de Mar-Barcelona-                           Marsella-Dakar.

Día 29/11 : Dakar. Isla de Gorée.

Día 30/11 : Traslado Dakar-Banjul.

Día 01/12 : Banjul. Traslado Banjul-Bakau.

Día 02/12 : Bakau. Fajara.

Día 03/12 : Traslado Bakau-Brikama-Ziguinchor.

Día 04/12 : Traslado Ziguinchor-Bissau.

Día 05/12 : Bissau.

Día 06/12 : Traslado Bissau-Ziguinchor.

Día 07/12 : Excursión en piragua río     Casamance.

Día 08/12 : Ziguinchor

Día 09/12 : Traslado Ziguinchor-Cap Skirring.

Día 10/12 : Karabane.

Día 11/12 : Cap Skirring.

Día 12/12 : Traslado Cap Skirring-Ziguinchor.

Día 13/12 : Ziguinchor.

Día 14/12 : Traslado Ziguinchor-Dakar.

Día 15/12 : Dakar. NGor.

Día 16/12 : Dakar. NGor.

Día 17/12 : NGor.

Día 18/12 : Dakar. NGor.

Día 19/12 : Traslado NGor-Dakar-Marsella-Barcelona-Lloret de Mar

 


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