miércoles, 13 de julio de 2011

de un descomunal baobab alrededor del cual están emplazadas las cabañas de toda la familia. Mientras que las mujeres se cuidan de la preparación de las gambas y el pescado, aprovechamos para conversar y confraternizar con el resto de los miembros del clan, que son muchos, quienes  se muestran felices y contentos de la situación a la vez que derrochan una gran simpatía y hospitalidad.

Otras emociones, sin embargo, despertamos en los no sé cuántos niños de la numerosa familia. Entre sorpresa, miedo, admiración o vergüenza, no sabría decir cuál de estas sensaciones se ve reflejada en los grandes ojos negros de todos aquellos niños. Poco a poco y con paciencia conseguimos que se acerquen a nosotros sin reparos. Podemos detectar que si algo les encanta es ser fotografiados. Ponerte la cámara delante de la cara es gesto suficiente para que todos dejen sus juegos o peleas y, en un abrir y cerrar de ojos, se sitúen delante de ella, más serios que un "boby" inglés y más quietos que una estatua, a la espera del disparo que inmortalice el momento.

A propósito de esto diré que, sin embargo, cuando se trata de hacer fotos turísticas de las   situaciones cotidianas, evidentemente sin el consentimiento previo de la, o las personas fotografiadas, son todo lo contrario. Se muestran

 

                 ¡Hola!

huraños e irascibles, hasta el punto de que no solamente los sujetos de la instantánea, sino también, cualquiera que te observe puede llamarte la atención a voz en grito hasta hacer que desistas de tu intención. Otra cosa es si le pides permiso y negocias una cantidad por dejarse tomar la foto. Por poner un ejemplo diré que paseando una tarde por las calles de la periferia de Dakar, a lo lejos vemos un joven tejiendo en plena calle con un telar construido completamente por él, con los materiales más inverosímiles que uno se pueda imaginar. Debido a lo curioso que resulta el artefacto y a la bella estampa para una fotografía me decido por acercarme a él y pedirle su autorización. Su negativa fue inmediata pero un anciano que estaba a su lado me hizo saber que si estaba dispuesto a pagar podría hacerle la foto. Este mercantilismo llega a tocarme la fibra y le contesto en mi francés precario que yo había sido "tres eduqué" -esta expresión, he de decir, fue motivo de mofa y recochineo durante todo el resto del viaje por parte de mis queridos compañeros ya que idioma francés, francés, lo que se dice francés de Francia, no tiene nada- al solicitarle su permiso y él me lo había negado; por lo tanto no le haría la foto ni pagando ni sin pagar. Así acabó la situación, él sin el dinero de mi propina y yo sin la fotografía de su artilugio. Más tarde me arrepentí de no aceptar la propuesta puesto que la instantánea valía la pena.

 

Para chuparse los dedos

Como casi todo en África, la preparación de la comida se eterniza y es ya bien entrada la tarde cuando comenzamos a comer. Nos situamos todos en círculo alrededor de una gran palangana que contiene las viandas y en esta ocasión no hay otra alternativa que utilizar la misma cubertería que ellos, es decir, la mano. Pensamos que la cocinera es merecedora de una buena calificación y así se lo reconocemos públicamente. Nunca podré saber si se ruborizó por el elogio pues, aunque por la expresión de su cara así me lo pareció, no fui capaz de detectar el clásico color del rubor.

 

En familia

Tomamos rápidamente el té, nos despedimos de la numerosa familia y, como habíamos decidido previamente, nos ponemos en marcha caminando hacia la casa de Damián y Sisa, la pareja a la cual prometimos visitar cuando regresáramos de Bissau.

Si el viaje de ida fue largo en taxi, es fácil imaginarse cómo se nos hace el de vuelta, a pie, a lo largo de caminos y sendas que nos llevan, por fin, hasta el hogar de la cordobesa; para más detalles, de la población de Cabra.

Como anécdota curiosa tenemos la oportunidad de  comprobar   la seguridad y vigilancia a la que

 

¿Quién son los tubaabs?

se ve sometido el aeropuerto de la ciudad, pues se da el caso que uno de los caminos que hemos recorrido pasa justamente a través de la pista de aterrizaje y despegue. Nunca hasta ahora me había visto caminando tan tranquilamente por en medio de las pistas de un aeropuerto, pero lo más curioso es que delante de nosotros hacen lo propio un grupo de vacas con su pastor y un poco más arriba, en la cabecera de pista, un joven moreno pedalea sobre la bicicleta cual avión a reacción a punto de despegar.

África sí es, ciertamente, diferente.

Encontramos, con la ayuda del guía, la casa de

la paisana y tras los saludos correspondientes de cortesía y urbanidad nos disponemos a tomar unos refrescos, sentados en la terraza, mientras esperamos a que regrese su esposo Damián. Pasamos un rato conversando sobre las incidencias del viaje y otros temas anexos para después invitarnos a seguir haciéndolo durante una cena en el interior de su casa. En principio no aceptamos pero, ante la sincera insistencia por parte de la pareja, decidimos volver alrededor de las nueve una vez pasados por la labor del aseo personal.

Es hora de hablar de nuestro querido amigo el guía, a quien habíamos jurado devolverle la jugarreta. El incauto nos sigue hasta el hotel con la confianza de que le vamos a contratar para los días que estemos por esta zona pero no se imagina que se la tenemos  reservada. Nada más llegar al hotel le comunicamos que ya tenemos contratados los servicios de otro guía y que por consiguiente no lo necesitaremos. Además, como pago de sus servicios, le entregamos solamente los pesos guineanos que nos cambió su amigo. Teniendo en cuenta el cambio que nos hizo su colega, estaría muy bien pagado. Evidentemente que todo esto no le sienta nada bien y encaja fatal nuestra revancha. Después de intentar sacarle alguna comisión al propietario del hotel, cosa que no consigue, se larga con viento fresco con un cabreo impresionante y con el rabo entre las piernas. Hemos conseguido darle toda una lección de cómo llevar con seriedad y profesionalidad las relaciones comerciales entre autóctonos y “tubaabs”.

La cena en casa de la paisana ha sido justita en cantidad pero muy sabrosa, a la par que en un ambiente agradable. No han faltado divergencias de opinión, lo cual ha hecho que enfrascados en las acaloradas, a veces, discusiones, nos pase el tiempo con suma rapidez. Al darnos cuenta de ello concluimos la velada y cuando llega el momento de las despedidas, Damián, que no permite que circulemos a pie a estas horas de la noche por estas calles solitarias y oscuras, nos acompaña en su coche hasta la puerta del lugar donde nos alojamos.

 

 

 

 

 

Sábado: 9 de Diciembre

Estamos listos para dirigirnos a Cap Skirrin, donde montaremos el centro de operaciones para las excursiones y visitas que durante estos próximos cuatro días pensamos llevar a término.

Nos alojaremos en un campamento-hotel de los mismos propietarios que el que hemos ocupado aquí en Ziguinchor, aunque de una categoría algo superior. Se trata de un conjunto de bungalós, en forma de chozas típicas, situados junto a una de las playas más turísticas de la zona.

Tal y como habíamos quedado previamente el día que visitamos a los propietarios en su casa, nos acompañará su nieto Pape, quien nos hará de guía en alguna de las excursiones que realicemos por la región de la Casamance.

Viajamos en el taxi por una carretera cuyo pavimento tiene una curiosa característica -que por otra parte ya hemos observado en alguna otra por las que hemos transitado- y es que el asfalto tiene como componente, en lugar de la típica gravilla, conchas de berberechos trituradas. Es un dato curioso que consultamos a nuestro taxista el cual nos explica que Senegal tiene una importante producción de este molusco, debido a la gran cantidad de manglares de que dispone y como consecuencia de ello también una industria conservera que manufactura este producto. Ahora comprendemos las grandes montañas de estas conchas vacías que hemos visto, en ocasiones, a lo largo de nuestros recorridos por la zona.

Llegamos al campamento, cosa rara ya, sin ningún incidente digno de mención y una vez alojados nos permitimos un rato de sol y de playa. Más tarde, durante la comida, planeamos una excursión a un poblado cercano llamado Djembéreng que nos han dicho que es precioso.

 

Campamento-Hotel en Cap Skirring

El  desplazamiento  lo hacemos en taxi ya que el

coche que gentilmente nos habían ofrecido los propietarios del establecimiento resulta estar un poquito averiado. Hacemos un recorrido por el poblado y podemos ver los famosos teléfonos que se utilizan en la selva africana. Unos tam-tam, llamados “djembé”,  fabricados con troncos de árbol enormes, llamados “ceibas”, que hábilmente han sido vaciados en todo su interior, dejando un espacio de su superficie exterior abierto para conseguir así que haga de caja de resonancia cuando se le golpea sobre él. Evidentemente siguen un código que según con la fuerza y la frecuencia con el que se ejercita, emiten el mensaje que se trasmite a través del espacio y es interpretado por  los receptores de su sonido.

 

El tam-tam “Djembé”

Al hilo de las informaciones que nos proporciona el joven Pape sobre los usos del tam-tam, mientras que caminamos por las inmediaciones del poblado, aprovecha para contarnos un cuento senegalés conocido como “Sona Mariama”, que le contaron a él en la escuela y que transcribo a continuación:

 

“Había una vez un hombre que tenía una preciosa hija.  Él se dijo a sí mismo un día: "Mi hija es tan bonita que no dejaré que se case con ningún hombre. Yo mismo me casaré con ella".
Su mujer se entristeció cuando él le contó su decisión, pero simplemente dijo:

-De acuerdo.

Cuando la hija se hizo mayor, el padre anunció que se casaría con ella. Llamó a su hija para hablar con ella y le dijo que sería su esposa. La muchacha contestó:

-Tú no me tomarás como esposa. Si no encuentras un buen marido para mí, iré a la selva y  me encontraré con el elefante salvaje y dejaré que me mate.

Pero el padre insistió en que quería casarse con ella. Dijo también que la boda sería al día siguiente y la madre entonces avisó a la hija:

-Lo que debes hacer es esto: mañana por la mañana ven a verme temprano y pídeme la calabaza para transportar el agua. Asegúrate de que tu padre esté conmigo. Di en su presencia: "Madre, voy al pozo a buscar un poco de agua". Cuando llegues al pozo dejas la calabaza allí y luego corre lejos.

La hija estuvo de acuerdo con el plan trazado. Al día siguiente el padre mató una vaca. Luego se preparó para la boda. Mientras se estaba preparando llegó la hija y preguntó por la calabaza.

-Debo sacar agua del pozo -dijo- para prepararme para la boda. Cogió la calabaza y la dejó al lado del pozo. Luego corrió rápidamente hacia la selva. Después de correr un rato se encontró a un búfalo. Él la miró con atención y le dijo:

-Chica, eres realmente preciosa. Sona Mariama sonrió pero no dijo nada.

-¿Dónde vas? -le preguntó el búfalo-.

-Voy a ver al elefante salvaje para dejar que me mate -dijo-.

Entonces empezó a cantar tristemente:

Mi padre dijo que yo, Sona Mariama, sería su esposa.
Mi madre dijo que yo, Sona Mariama, sería su coesposa.
Mis hermanos dijeron que yo, Sona Mariama, sería su madre.

Mis niños dirán que yo seré su abuela.

El búfalo dijo:

-Yo jamás he visto nada semejante, Sona Mariama. Tampoco nunca he oído nada semejante, Sona Mariama. Niña, has hecho bien en correr lejos.

La chica continuó su camino. Más lejos encontró a un león. El león quedó sorprendido de ver a una chica tan bonita. Y dijo:

-Eres una muchacha muy bonita ¿Adónde vas?
-Voy a ver al elefante salvaje para que me mate -dijo-.
Mi padre dijo que yo, Sona Mariama, sería su esposa.
Mi madre dijo que yo, Sona Mariama, sería su coesposa.
Mis hermanos dijeron que yo, Sona Mariama, sería su madre.

Mis niños dirán que yo seré su abuela.
El león contestó al igual que lo hizo el búfalo:
-Yo jamás he visto nada semejante, Sona Mariama. Tampoco nunca he oído nada semejante, Sona Mariama. Niña, has hecho bien en correr lejos.

Como antes, la chica continuó su viaje, hasta que se encontró a un conejo. El conejo quedó perplejo por su belleza y le preguntó a dónde iba. Sona Mariama le contó su historia, y le dijo que estaba buscando al elefante salvaje para que la matara.

-Soy el mensajero del elefante salvaje -dijo el conejo-. Déjame que te lleve hasta él.

Sona Mariama siguió al conejo hasta la parte más densa de la selva. Intentó recordar el camino por el cual había llegado hasta allí pero no pudo. "No importa" pensó. "Da igual que esté perdida. Pronto me encontraré cara a cara con el elefante salvaje y este será mi final". El conejo iba delante y Sona Mariama lo seguía hasta que llegaron a una densa arboleda.

-Aquí es donde vive el elefante salvaje -dijo el conejo- ¿Quieres entrar a verlo o prefieres correr lejos?

-Debo verlo inmediatamente, -dijo Sona Mariama-, que entró en el círculo de árboles. Dentro estaba oscuro, pero pudo oír cómo la tierra retumbaba cuando el elefante se levantaba de su sueño y se acercaba a ella.

-¿Quién ha osado entrar en mi refugio? -murmuró el elefante-.

-He sido yo, Sona Mariama -dijo la chica-.
El elefante salvaje se paró en cuanto la vio. Era realmente preciosa.

-Siéntate -dijo-. Ahora cuéntame por qué has venido a estorbar mi sueño.

-He venido para morir -respondió ella-.
Mi padre dijo que yo, Sona Mariama, sería su esposa.
Mi madre dijo que yo, Sona Mariama, sería su coesposa.
Mis hermanos dijeron que yo, Sona Mariama, sería su madre.

Mis niños dirán que yo seré su abuela.
El elefante salvaje dijo:

-Yo jamás he visto nada semejante, Sona Mariama. Tampoco nunca he oído nada semejante, Sona Mariama. Pero todavía no puedo matarte. Dile al conejo que te lleve hasta el campamento del rey y deja que él decida.
Ella estuvo de acuerdo en ir con el conejo. Cuando llegaron, encontraron al rey y a todos sus consejeros sentados. Todos quedaron sorprendidos de la belleza de la muchacha.

-¡Qué bonita eres! ¿Cómo te llamas? -le preguntaron-.
-Sona Mariama -contestó-.

-¿Por qué has sido traída aquí?

Les contó el plan de su padre y cómo, con la ayuda de su madre, había escapado hasta la selva. Les contó que se había encontrado al búfalo y al león. También cómo el conejo la había conducido hasta el elefante salvaje y de que éste se había entristecido por ella y había dejado el caso en manos del rey. El rey quedó sorprendido por su historia. Inmediatamente llamó a un mensajero para que trajera al padre con ellos. Cuando fue traído ante la corte, el padre se arrojó a su merced. Estaba profundamente arrepentido de su comportamiento. El rey no lo castigó, pero fue enviado a casa en desgracia. Luego, el rey dijo a sus consejeros:

-Traigan el Tambor Djembe Real.

Empezaron a tocar el tambor y a cantar:

El Tambor Real suena por Sona Mariama, por Sona Mariama, Sona Mariama.

Cuando la gente oyó el tambor, se acercaron al campamento del rey. Había fiesta y bailaban. Todo el mundo estaba contento en esos momentos. El sonido del tambor real por una mujer significaba que el rey quería casarse con ella. Y ese tambor continúa sonando en este día. Sona Mariama se casó con el rey.”

 

Fueron felices y comieron perdices, y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Menos mal, que Sona Mariama no se encontró con más animales en la selva, porque, de haber sido así, podríamos estar todavía sin saber cómo acababa la historia.

 

Me parece que ya he dicho con anterioridad que aquí disponen de todo el tiempo del mundo y eso también lo aplican cuando  lo tienen que consumir contando una historia, sea fábula o real.

 

Con el corazón estremecido por la historia recién escuchada, subimos, caminando, hasta la cima de una colina cercana y el esfuerzo ha valido la pena porque desde allí, Djembéreng, con sus playas de arena fina y los bosques de “ceibas” más grandes de todo Senegal, nos ofrece unas

 

 

De aquí se hacen las canoas

imágenes de una belleza difícilmente descriptible.

Una vez en el campamento y después de varias negociaciones por los restaurantes de las inmediaciones, también en el propio hotel, conseguimos que nuestro deseo de cenar langosta se haga una realidad. Como es de suponer damos buena cuenta de ellas y del resto de viandas, aunque hay que decir que existen diferencias sustanciales en cuanto a la calidad del producto, si las comparamos con las especies similares que se crían en nuestros litorales.

Estamos  en tiempo  de  café y copas cuando se

nos presenta el que había de ser nuestro guía en la excursión que al día siguiente haremos sobre una piragua por el río hasta la isla Karabane. A la concreción del itinerario sigue una agradable tertulia con el simpático Federico -que así se llama el guía-, al final de la cual nos retiramos a reponer fuerzas suficientes para enfrentarnos a los avatares del día siguiente.

Por suerte tenemos unas magníficas mosquiteras instaladas en cada una de las camas que, a priori, nos dan la tranquilidad de poder dormir con la confianza de no ser molestados por los insidiosos insectos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo: 10 de Diciembre

Cuando los primeros rayos de sol comienzan a dar señales de vida, abandonamos el complejo caminando por sendas, a través de una espesa selva cargada de cocoteros, hasta llegar a la orilla del río donde nos espera la canoa. Esta vez, por suerte, sobre todo en lo que a mí se refiere, es más grande, más cómoda y más segura que la utilizada en la ocasión anterior.

 

                     En busca de la canoa

Emprendemos la bajada del río siguiendo su curso entre cientos de manglares, con un paisaje muy similar al de la visita de Affinian, y después de una hora de navegación por unas más que tranquilas aguas, llegamos a lo que es nuestra primera escala del recorrido; una isla paradisíaca llamada “Hitou”, también llamada isla de los fetiches, donde solamente tres familias disfrutan de toda la paz y tranquilidad que esta les ofrece.

 

                              Los amuletos

 

Ponemos pie a tierra y con una rápida visita por su interior el guía nos va explicando la forma de vida de estas gentes y en qué actividades ocupan su tiempo. Nos muestran sus amuletos, sus utensilios y el interior de una de las cabañas que ellos habitan, con una amabilidad excepcional. Hemos tenido la oportunidad de que un curandero nos tratara pero por si acaso nos encuentra algún problema que desconocemos, preferimos dejarlo estar y seguir con los que sí tenemos constancia.

 

Cabaña nativa en Hitou

La verdad es que ha sido poco tiempo el que hemos estado en esta pequeña isla pero la paz, el silencio y el ambiente que se respira en ella por la forma de ser de sus escasos habitantes, nos ha dejado una profunda huella.

Después nos embarcamos rumbo a la siguiente escala, que resulta ser otra isla, en la que nos detenemos solamente con la única excusa que la de  hacernos visitar la cabaña de un artista local y con el único fin de que, como auténticos turistas, nos dejemos las divisas en la compra de alguno de sus objetos para el recuerdo. No caemos en la emboscada que nos ha tendido nuestro guía y pasamos totalmente de hacer ningún tipo de compras. El simpático Federico se percata de la situación y de  inmediato, sin perder más tiempo con el artista local, volvemos a la canoa  para dirigirnos, sin ninguna otra interrupción, hasta la isla Karabane.

Recorremos la isla siempre acompañado de las explicaciones del guía como música de fondo, hasta que se hace la hora de comer. Arroz “Yassa” con pescado, para variar de dieta, es el menú con el que nos sorprenden hoy. Digo yo que se nos van a poner los ojos de una oblicuidad supina de tanto ingerir  arroz. Para amenizarnos la comida, Federico, el guía; que ya no es tan simpático, debido a que su comisión por nuestras compras en la parada anterior ha sido de cero CFAs., acompañado de una guitarra, nos canta unas de sus famosas y tristes baladas en el idioma diola que, como es lógico suponer, no entendemos pero que nos promete traducir en el viaje de regreso.

El resto de la visita por la isla es más de lo mismo: una espesa y frondosa vegetación salpicada por doquier con sus enormes y únicas “ceibas” que, como elementos indiscutibles de su ancianidad y belleza, ejercen como gigantes guardianes de las sagradas tradiciones de estas gentes. Si no fuera porque, de vez en cuando, han hecho su aparición diurna los malditos insectos, esta isla podría ser un lugar ideal para perderse.

 

Una descomunal “ceiba”

De hecho hemos podido constatar que siempre hay algún privilegiado que se puede permitir huir del mundanal ruido y hacer realidad lo que a otros muchos se nos antoja solamente en la ilusión de nuestra mente una quimera. Es un privilegio poder prescindir del tipo de vida que, a pesar nuestro, llevamos en nuestros  respectivos lugares de origen y nuestras habituales ocupaciones, generando un cambio radical  y cambiando por completo el estrés y tensión que nos produce este tipo de actividad y de sociedad por una calma y una paz que te envuelve por donde quiera que te muevas. O que no te muevas; porque el lugar invita a que utilices el tiempo y el espacio que te ofrece sin necesidad de que cuando termine el día tengas la obligación de dar cuentas de lo que has conseguido producir a lo largo de él. No hay la necesidad, ni siquiera, de moverse. Puedes pasar largas horas, disfrutando del todo y de la nada, estirado en una tumbona sujeta entre dos palmeras dejando que la suave brisa te refresque, pensando, o dejando la mente en blanco sin necesidad de pensar en nada, o simplemente recordando lo mal que estabas en el estado anterior al actual, o sencillamente dormitando. Todo esto es posible, y de hecho tenemos el ejemplo  visible en un matrimonio de noruegos que con su hijo y un velero están disfrutando de este pequeño paraíso.

 

Contraste de colores

Nos cuentan que hace meses que navegan por todos estos brazos de rio que genera el Casamance y que les permite recorrer toda la región con unas características de viaje realmente envidiables parándose en cualquier punto que les parece interesante, con las posibilidades que ello les ofrece para poder convivir directamente con los moradores autóctonos. Una estampa preciosa nos la ofrece, de hecho la tenemos grabada en nuestras cámaras de fotos, la convivencia que se produce entre los niños lugareños y su pequeño hijo que contrasta con ellos por su blanca piel y su pelo extremadamente rubio, más bien casi blanco, y que no tienen ningún problema a la hora de entenderse, aunque, evidentemente, ninguno de ellos conozca la lengua respectiva del otro. Llegamos a la conclusión de que a todos nosotros nos gustaría estar en la situación de esta familia y poder disfrutar durante unos meses de este tipo de vida. Como somos conscientes de que no puede ser, solo nos queda la sensación de una sana envidia.

De vuelta a la canoa, iniciamos la vuelta a Cap Skirring haciendo una escala en el poblado de Elinkin para visitar una choza típica construida bajo el sistema “impluvium” que se conserva en perfectas condiciones.

 

 

Cabaña y “ceiba”

Aprovechando la bella monotonía del paisaje, unido a la música de fondo del motor fuera borda, en el regreso, nuestro amigo Federico nos hace el relato de la canción que nos había ofrecido como postre de la comida. Tratase de una parte de su propia vida. Una historia tan triste, rebuscada, retorcida y recién salida del horno de su imaginación que hasta a él mismo, de vez en cuando, le produce bostezos. Hay que reconocer que el personaje en cuestión tiene una inventiva sin límites a la hora de desarrollar la trama de una historia.

Llegamos al campamento como cada día, cansados y sudorosos, con el pensamiento puesto en una reconfortante ducha que precede a unas frescas cervezas y una temprana  y larga sesión de cartas. Una larga sesión de cartas que da paso a una cena frugal, antes de despedirme cortésmente de los compañeros de mesa y marcharme a la habitación para, como método natural de somnífero, continuar con la lectura de una novela negra. Como era de prever, la lectura  cumple su doble función y antes de conseguir descubrir quién es el malvado asesino, me sorprende el sueño. Un sueño reparador necesario para comenzar el día de mañana con unas nuevas  energías, que sin ningún género de dudas, voy a necesitar.

Lunes: 11 de Diciembre

¡Ni con mosquiteras!

He conseguido dormir pero algún infiltrado en mis dominios me ha atacado sin compasión, sin que yo me haya percatado y con una efectividad de record.

Ha amanecido un día de esos en los que es difícil saber qué es lo que va a pasar con la meteorología, porque lo mismo aparece el sol que queda con el cielo triste, grisáceo y encapotado, así que vamos a probar suerte y como hoy no hay ninguna actividad de otro tipo que nos lo impida, decidimos dar un paseo a lo largo de la playa. Lo de,  a lo largo de la playa, no solamente es una expresión o una frase hecha, ha sido una realidad como las murallas chinas. Hemos caminado alrededor de hora y media de ida y otro tanto, de vuelta, sobre nuestras huellas. Cierto es que, para habernos planteado el día de hoy como un día propicio para el relax, nos hemos metido una larga caminata. ¿Conseguiré pasar en estas tierras un día realmente tranquilo? La respuesta al final del viaje.

Dejando de lado el aspecto del cansancio físico, este tranquilo paseo nos ha servido para relajar un poco nuestros espíritus. Tengo que reconocer que deambular por estas playas, con sus aguas mojando nuestros pies, sintiendo la brisa marina, ofreciendo a nuestros ojos la posibilidad de disfrutar del verde paisaje que enmarca la arena y el sentir del susurro del leve movimiento de las olas,  en su conjunto, son siempre un regalo de la naturaleza en forma de terapia.

 

                  El paseo

Tal y cómo vamos avanzando por la orilla, a lo lejos, vemos unos bultos tumbados sobre la arena como queriendo captar en sus cuerpos el beneficio que proporciona la exposición al sol y a la brisa. No acabamos de entenderlo porque el día no acompaña y sin embargo las figuras permanecen estáticas en su posición. Tal y como nos acercamos podemos observar que no tapan sus mamas con sujetadores ni sus nalgas están cubiertas por prenda alguna, es decir, que están en pelota viva. Caminamos un poco más y cuando estamos a una distancia que nos permite ver en su totalidad a la pareja en cuestión, nuestra sorpresa es morrocotuda cuando detectamos unas prominencias que emergen de ambos lados de su cabeza en forma de cuernos. El misterio está resuelto; son dos enormes vacas que están descansando tranquilamente en la playa como si de dos turistas suizos se tratara. Pasamos a su lado, intentando no molestar su descanso, saludamos educadamente obteniendo un sonoro ¡muuuu! como respuesta y seguimos nuestro paseo. Toda una muestra y ejemplo de que la convivencia es total y no mira tipo de géneros.

La suerte ha estado de nuestro lado y el tiempo ha respetado nuestro paseo acompañándonos con  un sol y sombra que ha resultado adecuado

 

Compartiendo sol y playa

para la caminata, así que como cuando llegamos al hotel es ya la hora de la comida, precisamente a eso dedicamos una buena parte de nuestro tiempo más inmediato.

Planteamos la tarde como un desquite de la paliza matutina y mientras que unos se dedican a la lectura, los otros al sano ejercicio de la siesta que, al ser tropical, es mucho más soporífera.

Me levanto de mala uva después de que mi descanso se haya visto interrumpido, esporádicamente, por mi dolor de hombro, que no acaba de desaparecer. Mis enemigos particulares y  compañeros de viaje también han querido estar presentes en mis sueños y han hecho acto de presencia, dejándome sus típicas y temidas marcas. Por qué será que siendo tan pequeños, incordian tanto al género humano. Y además no se conforman con picar, llevarse su alimento y marcharse con viento fresco, sino que te dejan un legado para que perdure su recuerdo cada vez que se despierta en ti el molesto picor. En mi caso, al menos, ese regalo perdura, como mínimo, hasta una semana después.

Nos enfrascamos en la partida de cartas correspondiente, acompañada de unas cervezas, antes de la cena y aprovechamos el momento para comentar aspectos del viaje hasta el día de hoy y en particular la estancia  aquí en Cap Skirring. Después de analizar detenidamente la situación, barajamos la  posibilidad de acortar la estancia y llegamos a la conclusión de que aquí, más o menos, no queda nada interesante por ver. Con esta decisión tomada, en esta ocasión por unanimidad de todos los afectados, nos encaminamos al comedor para cumplir con la buena costumbre de darle una ocupación nocturna a  nuestro sistema digestivo.

El menú: arroz con algo más. Siempre arroz y algo que lo acompaña. En esta ocasión, la escolta del cereal es  carne de ternera cocida en aceite de cacahuete. El plato se llama “mafé” y ha resultado ser riquísimo. 

Como ya he dicho antes, estoy notando una cierta metamorfosis en los ojos e incluso empiezo a confundir la pronunciación de las palabras sustituyendo las erres por las eles. También he observado que hace días que nos despistamos, todos, con menos frecuencia que antes, con la escusa de ir al lavabo. Puede que tenga algo que ver la dieta a la que estamos siendo sometidos.

Hablamos con el responsable del establecimiento para comunicarle nuestra decisión de abandonar el hotel mañana por la mañana, adelantando en un día la estancia prevista, y le pedimos que nos proporcione un taxista para el viaje. Al cabo de un rato aparece el que será nuestro chofer para el regreso a Ziguinchor  y, como siempre, después de la negociación pertinente para determinar el precio del servicio, quedamos con él para mañana a las doce del mediodía.

Una corta tertulia y optamos por la retirada a nuestros correspondientes aposentos.

 

Martes: 12 de Diciembre

Como la noche anterior habíamos acordado con el taxista que nos pasaría a buscar a las doce, y teniendo en cuenta que hoy el día es maravilloso -seguramente, ya vendrá alguna circunstancia que se encargará de estropearlo-, aprovechamos la mañana para disfrutar un poco de la playa y así compensar el día de ayer, que no pudo ser.

Se acerca la hora y hacemos rápidamente el equipaje; aunque bien podría decirse también, que lo deshacemos. Poco después subimos al vehículo que nos ha de llevar hasta Ziguinchor.

De momento estamos circulando sin novedad, que siempre es de agradecer en estos lugares. Nos cruzamos con dos taxi-brousses, que no han tenido la suerte de nosotros, con los pasajeros esparcidos y tumbados a ambos lados de la carretera, a la espera de que se solucione su avería. Si la suerte les trata como lo hizo con nosotros en anteriores ocasiones, lo tienen muy magro.

Seguimos el viaje y parece ser que la mala suerte no se ceba hoy con nosotros permitiéndonos continuar sin incidentes.

A veces me pregunto el por qué seremos tan gafes y haré comentarios gratuitos antes de saber cómo acabará el viaje. Como nos temíamos durante todo el recorrido, el coche acaba por decidirse y nos comunica mediante un extraño ruido procedente de la rueda delantera derecha, que tiene principios de renquera. El taxista detiene el vehículo y bajo un sol plomizo que machaca implacable nuestras seseras y una sensación de vacío en los estómagos famélicos, nos viene a todos a la mente el recuerdo de la avería anterior y de los otros afectados que habíamos dejado en la cuneta al principio del viaje.

Por suerte, el chófer, a pesar de la avería, como si conociera perfectamente a su máquina, confía que aguante hasta la ciudad donde podrá repararlo y decide seguir el camino. Poco a poco y siempre acompañados de un sonido extraño, sospechoso y preocupante, conseguimos llegar hasta el hotel. Las impresiones del taxista, en esta ocasión, eran acertadas.

Nada más descargar el equipaje nos preocupamos de matar la gazuza que hurga en nuestros estómagos y descansamos un rato, mientras tomamos un café.

Más tarde hacemos un recorrido a pie por la ciudad y nuestros pasos nos llevan, por segunda vez, al mercadillo de productos típicos para turistas retomando el interés por diversas opciones con las que contentar, en forma de recuerdo, a nuestros compromisos. Como hicimos en la ocasión anterior, nos limitamos a tantear los precios, sin querer concretar con ninguno de los vendedores y dejar abiertas las negociaciones para otro momento, que será el definitivo.

Aquí en África, como en otras culturas, las compras son todo un arte del regateo. El sistema para llevarlo a cabo es muy variado y personal teniendo en cuenta muchos factores alrededor de la transacción. Concretamente, yo tengo mi sistema y poco a poco estoy cogiendo una soltura y una habilidad digna de  “cum laude”. Hay que saber esperar el momento adecuado para cerrar la operación, después de pasar por una serie de ofertas y contraofertas entre el vendedor y uno mismo. Mi actitud, en estas situaciones de regateo, es como la de un jugador de póker: encajar con frialdad el precio de oferta que te lanza el vendedor y farolear con el precio de la contraoferta, de manera que no doy ninguna pista sobre mis verdaderas intenciones de compra.  Hay que jugar un poco con el desinterés que demuestres sobre el producto que realmente te gusta, aunque estés pensando que el precio que te ofrecen sea un verdadero chollo, hasta el punto de que si te tienes que marchar y dejar al vendedor con otro precio en la boca, pues uno se marcha y ya volverás al día siguiente, claro está si dispones de tiempo para poderlo hacer. El precio final es el resultante de lo que el vendedor está dispuesto a rebajar y hasta donde el comprador quiere llegar a pagar. Cuando estas dos cantidades coinciden, quiere decir que se ha llegado a un acuerdo. Este momento es importante porque llegado a él, una vez aceptado por ambos, ninguno de los dos puede volverse atrás. Pase lo que pase después, hay que apechugar con el trato y respetarlo. Yo así lo hago y los resultados son bastantes buenos, aunque siempre te queda la impresión, después de cualquier transacción, que has sido engañado. Y no es solo una sensación, es que, en realidad, el que vende siempre tiene una ventaja sobre ti porque conoce exactamente el precio del producto, lo que a él le ha costado y lo que quiere sacar de beneficio. Cuando la cantidad que tú le ofreces está dentro de estos parámetros, él puede vender. Sin embargo, el comprador, y mucho más en estos países, no conoce el costo real de lo que compra y la única forma es la comparativa con productos similares en otros establecimientos. Evidentemente la desventaja es manifiesta. En fin, lo dicho, lo del regateo; todo un arte intuitivo y psicológico.

Estamos, después de la cena, enfrascados en una de nuestras partidas nocturnas cuando se acerca a nosotros Pape y nos participa la invitación a tomar el té en casa de sus abuelos. A pesar de la hora y el cansancio no podíamos despreciar la invitación, aunque solo fuese por cortesía, y decidimos aceptar.

Como la vez anterior nos hacen pasar al mismo salón y esperamos a ser recibidos por la "gran mamá". Cuatro pares de ojos se entrecruzan alternativamente y todos pensamos que en esta ocasión no nos sucederá lo mismo que en la anterior visita. Entre otras cosas porque ya habíamos tocado todos los temas posibles de comentar o discutir y habíamos contado todo lo que era susceptible de contar. Además sabíamos ya que el té se tomaba en el patio y no en el salón, lo cual nos haría ventilar rápidamente la conversación.

Hace su aparición la "gran mamá" -la adjetivación de "gran" no sé si se debe a una forma de expresar el cariño que le profesan todos, a que representa la figura principal de la familia, a la inmensidad de su físico o a ambas cosas- acompañada de su nieto Pape cargados de un montón de álbumes fotográficos. Rápidamente nos damos cuenta en qué vamos a pasar la próxima hora.

Efectivamente nos los van mostrando, uno a uno. En las situaciones, ocasiones y personas fotografiadas priman las fiestas sociales, inauguraciones con la participación del Ministro de Turismo e incluso con el Presidente del Senegal. No puede ocultar, y no lo pretende tampoco, que está orgullosísima de poder mostrarnos a qué nivel está considerada socialmente dentro del país. Al mínimo descuido de la Madame nos la organizamos para dar por terminada la visualización de los recuerdos y nos escabullimos al patio para tomar el té.

Nos pica un poco el bichejo de la curiosidad e intentamos que nos expliquen un poco quién es quién dentro del esquema familiar. Más nos valdría que no nos hubiéramos interesado por el tema. Realmente es difícil llegar a la conclusión de quién es el padre, de que madre es cada hijo, quienes son los abuelos, cuantos hermanos son… Después de varios intentos podemos aclarar, más o menos, la situación del árbol genealógico familiar.

Aprovechamos la ocasión para tomar unas cuantas[J1]  fotografías para el recuerdo, junto a


 [J1]Se puede ampliar un poco mas


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